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Crónica tardía de la barbarie

Por Darío Rivadero

Tengo 9 o 10 años. Estoy en mi casa. Es de tarde y hace calor. Estoy jugando, como todas las siestas, a la pelota debajo de la parra, en el pasillo de mi casa. No me gusta ir a dormir la siesta. Mi vieja reniega conmigo, “andá a dormir un ratito”, me dice. Le suplico “nooo”. “Escuchame, te quedas despierto pero no hagás ruido. ¿Me escuchaste? No rebotes la pelota contra la pared”.

Vivimos en un barrio del norte de la ciudad sobre un callejón ancho y de tierra. Cuando llueve mucho nadamos en los zanjones. Hay que caminar cuatro o cinco cuadras para llegar a la avenida a tomar el colectivo. También donde se toma el colectivo está la escuela Juan de Garay. Ahí vamos. La parra da una linda sombra y también les salen ramilletes de uvas que no se pueden comer. Algunas cayeron al piso y las pateo a un costado para no pisarlas y mancharlo. Hago jueguito para que la redonda ni siquiera toque el piso y me manden a dormir.

Las siestas son religiosas en el barrio. No vuela una mosca. Después de algunos minutos de estar ahí alguien golpea las manos en el frente. Me asomo por el pasillo pero no me hago ver. Vuelven a golpear. Detrás del tejido hay un muchacho al que creo conocer. Mi viejo se levanta y pasa por al lado mío casi sin verme, medio dormido. Dice un nombre. Hablan mientras mi viejo le va abriendo la puertita. “Pasá, pasá”, le dice. No escucho muy bien lo que hablan.

“Esperá”, le dice mi viejo, “vení que la llamamos a Lili”. “¿Qué pasa?” Pregunta mi mamá. “Hola”, me dice el visitante al lado mío. Tiene cara triste. Adentro mi familia habla. Escucho que mi hermana levanta la voz, pregunta algo y empieza a sollozar. La casa se alborota. Van para un lado y otro. Yo no entiendo muy bien lo que pasa. Tengo 9 o 10 años, soy un niño.

Mi hermana sale y abrazo al chico. Lloran. Mi cabecita piensa que murió alguien pero no se quién. Mi papá sale y dice “bueno, bueno, fíjate, dale, fíjate”. No se muy bien lo que pasa pero de pronto tengo miedo. Es algo malo seguro. Mi hermano se levanta, también. La ve a mi hermana llorando y le pregunta qué pasa. Mi hermana no le contesta. Busca y saca cosas de entre la suyas. Cosas de estudio, libros, papeles. “¿Qué pasó”, pregunta mi hermano de nuevo. Mi viejo se arrima y casi le susurra algo que escucho nítidamente: “se llevaron a Clara”.

Un escalofrío me recorre mi cuerpito de pibe. Clara, Clarita, la amiga de mi hermana que viene tan seguido a casa que ya es otra hermana. Pelo castaño corto, ojos verdosos, siempre sonriente y cariñosa. Clarita, 17 años, va al Almirante Brown con Lili. De repente entiendo todo lo que puede entender un pibe a esa edad. Se que hay gente uniformada con armas en las calles. Se que si anda un falcon verde tengo que volver a casa rápido. Se como lo miran a mi viejo cuando le piden documentos en la calle. Lo miran con desprecio, con soberbia.

Mi vieja y mi viejo hablan con el hermano de Clara. “Entraron hoy a la madrugada. Nos rompieron la puerta. Le pegaron a mi vieja y a mi. La buscaban a ella. Se la llevaron de los pelos. No sabemos nada”. “¿Y tu vieja”, pregunta mi papá. “Esta golpeada pero bien. Estamos ordenando. Rompieron todo, dieron vuelta todo”.

Mi papá habla: “Tirá cualquier cosa que estos hijos de puta puedan entender mal”. Mi viejo prende un fuego al costado del pasillo. Mi hermana saca cosas tan comprometedoras como una revista de Mafalda. “Todo, cualquier libro puede ser mal visto”. Van a venir, van a entrar acá con sus armas y van a patear a mi viejo y van a romper todo y se van a llevar a mi hermana Lili quien sabe adónde. Todo eso no deja de pensar mi cabecita. Tengo 9 o 10 años.

El silencio gana la casa los días posteriores. Las madrugadas no terminan nunca. Ellos vienen con la oscuridad, ellos son la oscuridad. Me despierto asustado y tengo pesadillas en que matan a mi perro con un tiro de fal mientras se ríen. Lloro en silencio algunas noches. La familia espera algo, tensa, silenciosa. Mis viejos de golpe dejaron de reír. Se que Lili se comunica con la familia de Clarita a veces. Pasó mucho ya y no sabemos nada todavía. “Ojalá la blanqueen”, escucho. También se puede esperar lo peor, no verla nunca más. Ellos están tristes, yo siento algo que con los años identifico: pánico. Miedo, miedo extremo, miedo irracional, miedo que marcan mis días. Un miedo que fue diluyéndose apenas con el tiempo pero que marcó un antes y un después en mi vida.

***

Años después esta tragedia de la infancia vuelve a mi memoria de manera repetida. Me rompe la puerta de una patada y me saca de mi sueño arrastrándome de los pelos. Intuyo que hay una historia que necesita completarse, cerrarse. He hablado con mi hermana y le he preguntado, como quien no quiere la cosa, si sabe algo de Clara. Se que vive en Misiones y está bien. Otras veces he ido más allá e intenté ahondar en que le había pasado en ese tiempo de cautiverio. Recuerdo que me dijo que nunca quiso hablar de eso. Lo que uno lee hoy en los testimonios de los sobrevivientes justifican todos los intentos por seguir viviendo escapando al recuerdo del horror. Ni siquiera puedo imaginar lo que le hicieron. Todavía me duele pensar en eso.

Hace unos días volví de Misiones. Pasaron casi cuarenta y tantos años de aquella locura asesina y saben qué, todavía tengo la imagen de ella en mi memoria, sobreviven en mis células ese miedo atroz, esa amenaza. Los psicólogos lo definen como trauma. Confieso que no me animé a pedirle a mi hermana la dirección o el teléfono de Clara. Pensé de manera estúpida que podría ser inoportuno o que molestaría. No se. Nunca más la vi pero hoy, después de algo que pasó hace unos días, necesito verla. Es casi urgente.

Hace unos días escuché a la candidata de La libertad avanza, Victoria Villarruel, justificar la barbarie, el horror, la tortura y la muerte. Intenta pasar a retiro los delitos imborrables y banalizar lo innombrable. Habla desde un lugar de soberbia y su mirada repite el desprecio de los milicos cuando le exigían los documentos a mi viejo, un simple laburante ferroviario que volvía en bici a su casa cuando terminaba el turno.

Ella nombra mucho la palabra libertad, la grita de forma desaforada y hueca, casi que la ordena imperativamente. Su cabeza deshumanizada, su cuerpo sin alma, no le permite ni siquiera imaginar que hay gente que como yo, todavía sigue presa en una sala de tormentos que construyó la gente que ella defiende.

Soy Dario, hermano de Lili y Clara. Tengo 56 años pero, por estos días, volví a tener 9 o 10.

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