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martes, abril 16, 2024
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Expropiaciones

Por Quique De María

“Serás lo que debas ser o no serás nada” solía decir tío Pascual sin citar a San Martín. Él se la atribuía sin pestañear. Nosotros éramos chicos pero nos dábamos cuenta sobre su práctica de quedarse con méritos ajenos. Nunca faltaban entre sus allegados, personas que ignoraban cosas como que esa era una de las frases célebres del libertador. Era común escucharlo decir: “como siempre yo digo…” precediendo expresiones de personalidades como Perón, Almafuerte o Chespirito. O a veces simplemente los parafraseaba. Por ejemplo, una vez volvían de un viaje en el auto de un amigo y se quedaron sin combustible. Entonces tío Pascual dijo: “el tanque de nafta tiene mucha capacidad pero si se lo controla es mejor… No importa, no hay que darse por vencido ni aún sin nafta… tranquilo, agarrá el bidón, dos kilómetros más adelante hay una eso eso eso…” ¿Te creés que citó alguno de los tres?

Daba la sensación de que tío Pascual había nacido amputado de toda posibilidad de idiosincrasia propia, pero con una capacidad extrema innata para apropiarse de los atributos ajenos. Nunca le faltaron admiradores carentes de ciertos conocimientos, a veces aún de los más básicos. De este modo es que en Colonia los trigales había vecinos que salían a divulgar con extraordinaria convicción que Pascualito había inventado la licuadora o la máquina casera de hacer soda. No era pocos los que usaban como expresión de remate: “este Pascualito se las sabe todas”.

Aquella sistemática violación de los derechos de autor se daba, en mayor medida, bajo los efectos de la admiración; mayoritariamente robaba con total fruición a aquellos que por una mera cuestión de piel sentía una auténtica idolatría. Por ejemplo, si se abstuvo de atribuirse la Teoría de la Relatividad es porque Einstein no le caía del todo. Ah pero como Discépolo lo volvía loco, sí que andaba repartiendo por todo el pueblo que la letra de Malevaje era de él. Eso sí, de vez en cuando se le daba por respetar parcialmente las historias. Por ese motivo reconocía que la música de ese tango le pertenecía su amigo Juan de Dios Filiberto.

Así es como iba transitando su existencia tío Pascual. Se relacionaba con una mayoría de personas que, burlonamente, le seguían la corriente; unos pocos crédulos que alimentaban el patrón de conducta y ningún ñato honesto que tratara de sacarlo de su autoengaño y, de paso, del ridículo. Porque una cosa es predicar la honestidad y la valentía de ir con la verdad en términos genéricos, pero a la hora de ejercer, mejor no andar ofendiendo y ser un poco farsante. En parte con conductas no tan diferentes de las de tío Pascual. Sólo que con esa comodidad que facilita la manera solapada.

Lo cierto es que el tío también era admirador de muchos jugadores y tenía la complicada pretención de jugar al fútbol sin las mínimas condiciones indispensables aún para hacerlo en el potrero. Si bien lo dejaban participar de los picaditos informales, la cosa se complicó cuando los de su cuadra decidieron que participarían del interbarrial Colonia 82. “Vos no entrás” le dijo sin la menor diplomacia el Paspado Rosales que era más amigo de las piñas que de la poesía. “A ver, decime por qué” lo interpeló tío Pascual. “Porque no das ni asco” respondió el Paspado y creyó haber cerrado el tema. No sería así.

Tío, permaneció aturdido, sentado contra el árbol y haciendo bailar un yuyito entre sus dientes, con la mirada en el vacío.

Repentinamente reaccionó, quizá empujado por el instinto de conservación. “Yo inventé la chilena y el taquito” expresó con mesura fingida, con la evidente intención de dar vuelta la situación. El Gitano Gabarri y el Pachucho Berenelli quedaron boquiabiertos por tener al autor de dos de los lujos más destacados de la historia del fútbol. Pero como esto es una democracia, por abrumadora mayoría ganó la exclusión inapelable del equipo.

Pero como ya se sabe, el fútbol siempre te da revancha. Quiso el destino que para la tercera fecha del certamen se llegara con el líbero y el diez lesionados y una ausencia por viaje inesperado del wing derecho al velorio de un tío en Pueblo los baches. Después de algunos cabildeos se acordó que era mejor incluir al tío Pascual: “ni aunque sea pa’ que moleste” fue el argumento incontestable del Costillita Badini.

Finalmente, la única consigna para tío Pascual fue: “vó quedate por ahí arriba y si te viene, vó patiá derechamente al arco”, así lo instruyó el Ojo e’ gato Zaldivar y acotó: “para el arco de los otro, ehhhh” lo que a algunos les pareció, aún tratándose de tío, una aclaración bastante ofensiva.

Promediaba el segundo tiempo y tío Pascual no había logrado, al menos, una mínima aproximación a la pelota. Es cierto que el uno a cero en contra era aún una situación factible de ser revertida; de parte de cualquiera de sus compañeros, claro. Sin embargo, las oportunidades pueden llegar en el momento menos esperado. Faltaban dos y el descuento, que serían, a lo sumo, otros dos. Fue cuando vino una impensada pelota aérea cuyo destino inexorable era, a todas luces, la frente de tío Pascual. A una velocidad y altura deseada para cualquier delantero que estuviera parado a cuatro metros del arco. Tío cerró con fuerza los puños, y, lástima que también los ojos. Se tiró con todas sus energías. Porque había calculado convencido que su gol iba a ser el calco de aquella emblemática y consagratoria palomita de Poy en el setenta y uno contra Ñuls. Él, el negado del pueblo, a punto de emular a su máximo ídolo en su mejor conquista. Porque si bien tío Pascual reconocía y admiraba a muchos talentos del canaya, por el único que llegó a sentir real devoción fue por Aldo Pedro Poy. Había muchos buenos. Pero Poy era dios. De hecho, en más de una oportunidad llegó a deslizar que Poy era un tío suyo por parte de alguien de la familia.

La pelota ya había cubierto la mayor parte de su recorrido cuando tío Pascual se zambuyó como para hacer que la bola vaya a besar con toda elegancia posible, la red ahora cercana. Sin embargo, en medio del vuelo y con los ojos siempre cerrados, sintió que la pelota pegó atrozmente en uno de sus omóplatos. Todos sus compañeros vislumbraron totalmente descorazonados aquel descomunal error de cálculo. 

Finalmente, el partido se perdió y tío Pascual dejaba escapar así su última oportunidad de gloria legítima.

Quizá desperdició la oportunidad más factible de hacer un gol parecido al que Kempes le hizo de cabeza a los polacos en el ‘78, allá, en su adorado Gigante. Porque la altura de la pelota era la adecuada para intentar algo así. O quizá, ni siquiera parecido al del matador. Si hubiera tomado la decisión de atropellar con honradez aquella bola tan facilonga. Hasta podría haber logrado convertir un gol a lo Pascual, derechamente.

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