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martes, abril 23, 2024
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Notas de un paseador de perros

Por Santiago Alassia

Sábado. Tarde gris. 

Me tienen harto los idiotas que agitan banderas de causas ridículas que no le importan a nadie: la lechuga, las ferias de diseño, el tránsito sustentable. Son los que militan a favor de la bicicleta, pero si llueve se hacen llevar en auto por sus papis. ¿Por qué no dejan la platita de papá, por qué no abandonan de una vez sus cómodas casitas de burgueses? No se animan, maricones, quieren tener la cama y la comida calientes y al alcance de la mano. 

Son los que si van a arrancar una lechuga le piden permiso a la pachamama, pero después castran a sus gatos sin culpa, “para que no sufran”. No me gusta la gente que castra a sus mascotas. Lo hacen de caretas. Les gusta comprarse el pequinés, el labrador, el siamés, pero lo quieren como adorno, como un jarrón, para mostrarlo, y no se bancan que el bicho esté vivo y cague y coja y les llene el lof con cachorritos que vomitan en cualquier lado. Apenas ven la amenaza de que el pichicho se reproduzca, que es lo que manda la naturaleza, ¡zas!, le cortan las bolas. Váyanse a cagar, forros, dejen a los bichos cojer tranquilos. 

Son los que van a plantar en el río “huertas ecológicas”, pero sus papis achicharran el suelo sembrando mil hectáreas de soja para ganar millones con los que les pagan sus deptos en Palermo, en San Isidro, en Punta del Este, y sus vacaciones en dólares en aldeas comunitarias para turistas alemanes y yanquis y franceses. 

Son los iluminados espirituosos de un mundo más conectado con uno mismo y la van de posmohippies con capacidad de desapego, pero cuando atropellan con sus autos importados a un pibe de la calle, salen rajando. ¿La conexión con uno mismo viene con la promo de ignorar al otro, dejarlo tirado y que reviente? 

Son los que se toman un té verde para relajarse y entrar en un estado creativo que les permita diseñar los objetos más inútiles, mientras viven de la herencia de la estancia del abuelo. Son los que inauguran tiendas boutiques y negocios cool de productos sanos que sólo los chetos pueden comprar. 

¿Por qué nadie dice nada de estos mentirosos hijos de puta? Estoy cansado del discurso eco-vegano-psico-chamanista-pseudo-altruista. Me tienen harto los místicos, los devotos de osho y castaneda y jodorowsky. 

Domingo. Vegetar.

Estoy envejeciendo, y el paso del tiempo desvanece toda tolerancia. Voy a ser un anciano insoportable, si llego a tal cosa. Y antes que por cansancio del resto, es probable que me suicide, cansado de mí. 

Lunes. Noche nublada. 

Soy paraguayo. Soy alcohólico. Escribo a mano por convicción. Creo en la sanación por la escritura. Creo que la batalla de hoy está en lo artesanal. Hay que volver al barro, a la materia cruda, a las piedras. 

Miento. Escribo a mano por pereza y por pobreza. Pereza de pasar a la computadora y pobreza de no tener computadora. No tengo nada en realidad. Paseo perros. Es una changa tranquila que me permite sobrevivir y ahorrarme el disgusto de tener que tratar con la gente. Escribo estas notas en un viejo cuaderno con tapas de cuerina azul que encontré tirado en un rincón del altillo. Soy okupa y de lo único que soy capaz de enamorarme es de esa sensación que sólo habita en un altillo, ese velo de intimidad protegida. No escribo por egocentrismo ni afán de trascendencia sino por aburrimiento de todos y de todo. No tengo el deseo estúpido de que alguien venga mañana a desenterrar estas hojas y encuentre una genialidad que inscriba mi nombre en el mármol. Ni siquiera recuerdo mi nombre, pero alguna vez robé mármol. Lo hice para subsistir, nunca tuve un peso. Tampoco digo esto para justificarme; el que quiera robar, que robe. Íbamos por pueblos de provincia y nos metíamos de noche en los cementerios. Íbamos con Gabo, el primer novio que tuve en este horrible país. Gabo era carilindo, muy entrador, eso le facilitaba las cosas. Y tenía una pija hermosa. La cuestión es que él se encargaba de distraer al sereno. En todos los cementerios del mundo, el sereno es un empleado municipal viejo y borracho al que mandan a trabajar al cementerio de noche como castigo por ser viejo y borracho. Ya estaba hecho. Era cuestión de que Gabo se apareciera con un poco de vino y empezara a darle charla. Yo me iba con una bolsa de arpillera, linterna, maza y martillo a recorrer los panteones. En dos patadas rompía las placas de mármol donde las familias grababan sus vanos mensajes de pesar a los muertos. Robábamos mármol y bronce que después vendíamos en cualquier chacarita. No nos pagaban bien pero con tres o cuatro noches de trabajo podíamos tirar un par de meses. Nunca nos descubrieron. Nos reíamos mucho imaginando la cara del sereno de turno al tener que explicar a los familiares qué cosa les había sucedido a las lápidas de sus muertos. También nos ilusionábamos pensando que a lo mejor alguno habría tenido el valor de plantarse y decir “qué se yo, señora, déjese de joder con la plaquita que total su marido está muerto y no se entera”. Una vez, Gabo me confesó que en muchas de esas noches se vio obligado a chuparles la pija a varios cuidadores. Hijo de puta, le dije yo, sos asqueroso. Y él: 

– Qué tiene, la charla se puso linda, me dieron ganas. 

– ¿Pero no era un viejo? 

– Sí de cara, no de pija. 

– Sos un forro. 

– ¿Por qué? 

– Me lo decís así. 

– ¿Qué querés? Vos me preguntaste. 

– Se supone que me tenés que chupar la pija a mí. 

– Si te la chupo. 

– Sí, pero a mí solo. 

– No te enojés, tontito. 

– No te hagás el choto conmigo. 

– No. 

– ¿Te los cojiste también? 

– Sí. 

– Sos un asco. 

– Bueno pará, vos no sos muy lindo tampoco. 

– ¿Qué decís, hijo de puta? 

– Sabés que sos feo, lo decís siempre. 

– Te voy a matar. 

– No me rompás las pelotas, te agarró un ataque de concha o qué.  

Y sí, me había puesto un poco celoso, justo yo, que siempre defendí la libertad más absoluta en todo y especialmente en el amor. En ese entonces me la pasaba declamando, no sabía lo difícil que era hacer cuerpo una idea. Hablaba sin tener noción real de lo que decía. Hoy ya no creo en nada, ni en mí. Esta partícula vive, respira, tira palabras al mundo para seguir en la nada, sin esperar que nada pase. En eso creo. Me acuerdo de Onetti: amistad y amor no son más que una larga serie de incomprensiones. Y de Idea Vilariño: uno siempre está solo, pero a veces está más solo. El problema son esas veces. ¿Qué pasa en esas veces? Pasa que se rompe una red y caemos al vacío. La red que nos tiene está hecha de palabras con la madre, los amigos, el novio, la hermana. También el jefe, la tarjeta, la tele, el shopping, la moda y el gym hacen la red. La red es que se te hayan caído los dientes, por merca o por vejez, y que te de vergüenza que se note tu boca desdentada. Me pasé la vida luchando por zafar de la red, sé muy bien lo que representa. Sé tanto como para decir que no es romántico vivir sin red. Porque así como te atrapa, la red te sostiene atado a referencias. Ya estoy mariconeando. Pero es que soy puto. Soy puto y feo, lo cual no es tan grave porque los hombres somos menos delicados en cuanto a gustos. Conozco putos a los que ninguna mujer se atrevería a tocar ni con un palo y que sin embargo tienen sus levantes. La mujer es otro tema. Nunca pude hablar con ninguna. Comprenderlas, digo. Tienen un problema en la concha, a eso lo vio Freud muy bien. En realidad no tienen nada y por eso tienen un problema. Yo en cambio no tengo nada y no tengo problemas porque aunque soy puto y me gusta la pija, jamás se me ocurriría ponerme una concha. Por eso no entiendo a los trans. Soy feo de cara, la tengo poceada por los granos. Así que soy puto y feo, y fumo porro todos los días. Cada tanto me tomo un té de floripondio, o me como unos honguitos. Pero sólo cuando necesito reconectar con la savia fuerte de la vida. Porque hay una pesadilla, que es la de estar encerrado en las venas de uno mismo. Es un dolor constante de seguir, seguir, seguir vivo respirando y contar las partículas de cada segundito de la vida que nos pasa por adentro, y tan despacio, por las venas. A esto me refiero, el dolor de tener venas. Saber que estamos adentro de las venas y que no hay escapatoria. Ya eso es terrible para encima a veces caer en el engaño de que vamos a cambiar o a poder llegar a otra parte. Al final siempre nos topamos contra el nervio muerto de nosotros. Todas las venas del mundo que podamos habitar no son más que las de uno mismo. 

Martes. Siesta matera. 

Nadie sabe para qué vive, más allá del discursito inventado que justifica el paso por la tierra. Todo bien con eso, cada uno se sostiene con el discurso que puede. Pero tarde o temprano eso se cae. Y si no se tiene la capacidad para verlo y dejarlo caer, hay que ayudarles a que caiga. Yo voy por ahí enseñándoles el hueco, metiendo el dedo en la llaga, pero no es verdad que odie a todo el mundo. Me gustan los que son capaces de asumir que todo el juego consiste en verse el agujero. Hacerse un disfraz y dejarlo caer o sacárselo sin vueltas cuando ya no funciona, y levantarse para recomenzar. Eso es todo, chicos, ¿Qué creían? ¿Creían que la empresa? ¿Que el casamiento? ¿Que la familia, la mesa larga los domingos, el asado, brindar y darse besos? ¿Creían en todo eso? ¿Que todo eso iba a salvarlos, a darles un por qué y un para qué? No digo que no jueguen a la casita, chicos, pero al menos sépanlo. Se los digo por su bien. Van a ver que todo se disfruta el doble.

Hoy me pasó algo gracioso. Estábamos con Batuque en la plaza, tirados en el pasto, bajo la sombra regia de un lapacho. Pasó un chico hablando con el celular. Me lo quedé mirando porque estaba bueno, onda cheto desarreglado: camisita afuera, pelo despeinado, ojotas. Llevaba un paquete en la mano y se lo veía nervioso. Escuché que decía: “¿y ahora qué hago? ¡Ya compré la torta!” Yo pensé: comerse la torta, ¿qué otra cosa va a hacer? La tenía en la mano y no sabía cómo seguir. Lo que detesta la gente son dos cosas: que se les caiga el plan, y quedarse sola. Aunque tengan la torta. 

Nunca me había puesto a pensar en la metáfora de la cebolla. Somos una ridícula sumatoria de pieles siempre con el mismo sabor y sin nada más que la cualidad estúpida de hacer llorar. Quiero un mundo que tenga piedad por los que lloran. Jubilados que se sientan en un banco de plaza y a quienes nadie recuerda, ni siquiera sus propios hijos. Mujeres que fueron abandonadas por el marido y ya no piensan en levantarse las tetas sino que se quedan en casa a ver televisión y comerse un kilo de helado. 

Yo abrazo a los que lloran solos.

Miércoles. Tardecita. 

Por supuesto que odio el sol y el calor y que me gustan los días fríos y nublados. Esta ciudad es horrible de por sí, pero mucho más en verano. Las calles se llenan de gente que grita y eructa con olor a mortadela. El aire se impregna de un tufo asqueroso y la piel se pegotea al calzoncillo. 

Lo bueno del verano es que llueve seguido. Me gusta que llueva no tanto por mí, sino porque resulta un incordio para la gente. Y así puedo caminar solo y tranquilo por la calle. ¿Por qué la gente no sale cuando llueve? ¿Es miedo a que los parta un rayo, o asco de mojarse con agua de lluvia? Y después, el sol pegando en las baldosas de la vereda como un chorro de fuego, las ganas de no comenzar, el alivio de abrazar a Batuque aunque me gruña, los abrazos que recuerdo, las ganas de que todo acabe y, a la vez, de que no acabe nunca. Y no poder dormir. Y que no dormir no importe, porque en verdad no importa. Y preguntar por esa rémora del deber ser. ¿Qué soy? ¿Ahora es sábado o domingo? ¿Qué importa? ¿Hay alguien ahí? A veces, todo lo que sucede es parecido al murmullo sordo y continuo de un viejo motor de heladera.  

Puedo entender perfectamente que se robe, pero no estoy dispuesto a matar. ¿Por qué no matar? Esto es una buena pregunta. ¿No matar porque no quiero que me maten? No, en serio, eso es puro egoísmo idiota, busquemos una respuesta sólida. ¿No matar porque volveríamos al reino animal de la pulsión, al puro grito, a darnos dentelladas? No, en serio. Es lo mismo de antes. Miedo de volver al animal es miedo de que un animal me ataque a mí. ¿No matar porque iniciaríamos un camino de extinción de la especie? Hay quienes empezarían a sentir mayor placer en matar que en procrear. Pero no, en serio, no creamos que el hombre es una raza tan débil, desgraciadamente vive y se adapta a todo. ¿No matar porque se cree en la vida, y así, creyendo, se toma partido por ella, y en contra de la muerte? No, en serio, nadie pierde horas de su vida haciendo tantas lecturas del mero hecho de estar vivo. Dejemos en suspenso la respuesta sobre por qué no matar.

Pero no teniendo el valor de salir a matar a otros, habría que matarse. No hay otra cosa que el imperio infame de los otros. Se juega a ser parte de eso, a que es posible, a que siempre hay chances. La capa de ozono no es que esté rota allá afuera. Está adentro. Bien adentro hace tanto que está rota. Desde que nacimos. Es la telita que nos separaba del resto. La capa de ozono es el útero aún. Roto aún. 

Jueves. Desayuno porro.

Hace años que Batuque es la única presencia que soporto por más de una hora. Es una cruza marrón de batata con alguna otra cosa. Es gordo y tiene unas orejas enormes y los cachetes caídos. Es hosco y sombrío como yo, y no tiene ningún reparo en gruñirme si me pongo pesado con las caricias. Pero es que lo quiero. Ya se lo expliqué y me parece que ha entendido. Algunos días se le juntan tantas lagañas que no puede estar tranquilo. Entonces se frota un rato contra el pasto de la plaza y después para y me mira. Yo apenas sonrío y él ya me mueve la cola porque sabe que voy a agacharme y le voy a sacar las lagañas con mis propias manos. Para mí que Batuque entiende mucho más que cualquier hombre sobre la tierra. Entonces yo me agacho y mientras le saco las lagañas, le canto suavecito esta canción: 

No me importará nunca 

llegar tan alto 

pero no habrá nadie 

que caiga tan bajo. 

Podría ser un record 

si acaso me importara.

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