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viernes, julio 19, 2024
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Los picantes

Por Natalia Milocco

En la vida de una mujer es posible encontrar, quizás condensado, otras veces escindido, o cegado, permaneciendo en las sombras, pero siempre ahí, como un inquilino olvidado, el terror natural.

En mi pueblo de origen, un lugar casi minúsculo al lado de una ciudad, parecido a un barrio grande, “barrio norte” le dicen los del pueblo de al lado; cada enero todos se preparan para el carnaval. Hubo un verano en donde aparte de preparar el aerosol de espuma, comencé a prepararme para otras cosas. Nunca pollera, siempre pantalón, corto o largo. Nunca calza, si se usa calza, con un buzo en la cintura. Nunca ojotas o sandalias, mejor, zapatillas, para correr. Todos en el pueblo saben que, cuando te crece el culo, en el carnaval te lo van a tocar, pibitos chicos y más grandes… si fueran hombres ya sería un problema, pero si son pendejitos es cosa de chicos; y así, todos, padres y madres, se comen un choripán con una cerveza y todo tranquilo.

Todo tranquilo, las chicas sabemos que tenemos que correr, nunca ir separadas, al baño jamás solas, apuntar con el aerosol directo a los ojos y si te da el coraje, una patada en los huevos. Hay zonas por las que no se pasa: detrás del escenario, en las zonas menos iluminadas o sin gente, porque ahí sí, te pueden agarrar entre varios y te pasan manos por todos lados y te llenan de espuma, y la ropa se te pega a la piel y se te notan las tetas que recién están creciendo y tu vieja piensa que aún no necesitas corpiños porque sos una nena… y capaz que los padres piensan que a las nenas les gusta correr.

Cada vez que escucho que alguien se pregunta cuándo para esta brutalidad, esa por la cual alguien cree que puede hacer con el cuerpo de una mujer lo que carajo quiera, yo me pregunto por el comienzo. Y quizás empieza en esos lugares en donde alguien cree que se puede tocar de forma casi impune, delante de la mirada de todos, de los padres, de las madres ¡y no hay nadie que no haya visto! ¡y no hay nadie a la que no le hayan tocado el culo!

Esas mamás también corrieron, eso seguro, y esos papás quizás tocaron muchos culos o solamente corrieron tirando espuma y dejando la tocada de culos para el más zafado, para el más “picante”. Así se dicen entre los varones, “los picantes”.

Una vez “los picantes” no quisieron esperar al carnaval, no quisieron esperar a la noche y se organizaron para la hora de la siesta; porque en los pueblos, la hora de la siesta es igual que la madrugada, ni un alma en la calle. Todas las tardes nos encontrábamos con las chicas a jugar en la plaza, habíamos inventado una mancha en bicicleta, usábamos las veredas y diagonales de la plaza para los desplazamientos temerarios y a gran velocidad. “A las 15 en el mástil”, esa era la cita, pero una pasaba a buscar a la otra y así, hasta llegar casi todas juntas. Estábamos ahí, haciendo “ya-pe-yu”, para a ver a quién le tocaba ser “la mancha”, cuando aparecieron “los más picantes”.

Eran muchos, todos en bicicleta, aparecieron por las diagonales y nos rodearon. Rápido nos subimos a las bicis, quedaban dos salidas, y un caminito entre árboles marcado por el pasar porfiado de las bicicletas. En esos momentos el pensar se acelera y todo parece fragmentarse al mismo tiempo. Todavía puedo ver mis piernas pedalear, y todavía siento querer más y no poder, sentir verdaderamente que mis piernas no pueden más, y eso que pueden, no alcanza para ir lo suficientemente fuerte. Salté un par de cordones y no me salió hacer como “Los bicivoladores”, y “los más picantes” se dividieron, tres o cuatro venían detrás de nosotras. Miro para atrás, aunque no hay que mirar parar atrás, nunca mirar para atrás, en las carreras hay que correr y no mirar, pero miré… y no sé por qué uno de “los más picantes” tiro su bici. Volví a mirar para atrás y ahí vi que arrinconaron a una de las chicas después de tirarla de la bici, pero ella se había dejado las uñas largas y con eso los arañó y ella era también un poco picante y le pegó una patada en los huevos y salió corriendo más rápido que Chitara… y a lo Uma Thurman, en “Los ángeles de Charlie”, trepó un tapial y se metió en la casa de una vieja y le dijo “¡tía!”. Llamar “tía” a cualquier señora era una técnica ya entrenada de defensa contra “los picantes”, cada vez que aparecían y había que correr y salvarse.

“Los picantes” tenían un sistema de rastreo diario, si veían nuestras bicis, se escondían y nos esperaban, o se podían meter por el patio, o lo que sea… porque para eso eran los más picantes. Entonces siempre teníamos que esconder las bicicletas, en el patio o en el garaje, eso era así, era parte de una rutina de defensa, igual que evitar ciertas calles o lugares.

“Puede fallar” decía Tusam, y el sistema falló. Un día mi mamá me mando a comprar algo al almacén que estaba a la vuelta. ¿Qué cosas te pueden pasar a la vuelta de casa? Pero ahí estaban, “los picantes”, jugando a la pelota en la esquina, y cuando me vieron doblar, no perdonaron y otra vez: a correr, decir tía y meterme en la casa de alguien. Lo diferente fue que estaba en el barrio, y en el barrio había vecinitas de las que iba a jugar. Me metí en la casa de una de ellas y me tiré al piso, igual que en las películas cuando afuera andan a los tiros. No hubo madre, ni dos (la de ella primero y la mía después), que pudieran pararlos, o eso sentía yo, que nadie podía pararlos. Tiraban cascotes y prometían agarrarme cuando saliera o después en la escuela, aunque esas cosas no pasaban nunca en la escuela. “Los picantes” le tenían miedo a la maestra o le tenían miedo a Dios, porque la escuela era religiosa, y todos los días se rezaba y cada tanto aparecía una monja que nos enseñaba a cantar “hermano ven ayúdame, hermana ven ayúdame a edificar la iglesia del señor”; quizás era eso, para “los picantes” algunas cosas no se hacían delante de Dios, o quizás simplemente nosotras nos caíamos de la “iglesia del señor” cada vez que salíamos de la escuela.

Una vez, uno del grado donde estaban “los picantes”, me siguió durante todo un mandado, no era del grupo, pero también picaba, no pertenecía porque era: negro, pobre, gordo y no jugaba al fútbol. El pibe me siguió y llegando a mi casa me arrinconó contra una pared y me agarró del cuello. Tenía mucha fuerza y era muy gordo, recuerdo que le pregunte porque me hacía eso, y me dijo “porque sos muy linda”. Ese día mi mamá se tomó muy en serio lo de correr y salvarse, porque ese día casi no me salvo ¿o que sería salvarse? Igual eso fue después, quizás solo un poco después del día en el que nos olvidamos de “los más picantes” y fuimos a jugar a la plaza a la mejor hora, esa donde no es de nadie y puede ser tuya sola.

Chitara tuvo que dejar la bici tirada, cuando volví a mirar para atrás uno saltaba y se agarraba el pito y los huevos, sacudiéndolos para arriba y para abajo, y otros le meaban la bici y se la pateaban. Y yo seguí fuerte para delante y doblé para mi casa, ni se me ocurrió volver por Chitara, de la bici no se acordó nadie y ni sé cómo hizo para recuperarla porque en ese momento todo se fragmenta y solamente pensás en correr. Las chicas sabemos que tenemos que correr.

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