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Combatir la ignorancia y derrotar al fascismo

Por Federico Ternavasio

Una propaganda del Ministerio de Instrucción Pública de España lanzaba allá por 1936 este imperativo: “Leed”; y a continuación: “combatiendo la ignorancia derrotareis al fascismo”.

La propaganda trata sobre las bibliotecas que el Ministerio “abre al pueblo”. Bibliotecas que no sólo funcionan como un establecimiento que la ciudadanía puede visitar, sino que además, se le instruye a quien esté mirando el cartel: “si no puedes leer en la biblioteca pide en ella libros para leerlos en tu casa”.

Es sabido que las izquierdas tanto moderadas como combativas del siglo pasado le otorgaban un gran poder a la lectura, a las palabras y al conocimiento científico. Para sus militantes la revolución (o la reforma), sea esta socialista, anarquista o comunista, era la consecuencia lógica de un razonamiento objetivo. Y si había que luchar para conquistarla era porque las fuerzas conservadoras daban pelea para demorar aquello que al fin y al cabo era inevitable.

“Leer”, entonces, significaba acceder a ese conocimiento objetivo. Significaba conocer la gran literatura, la Historia con mayúscula. Significaba comprender los avances del pensamiento “sociológico”, término muy en boga a principios de siglo XX para caracterizar a cualquier idea sobre lo social. Leer significaba acceder finalmente a lo que por mucho tiempo le había estado vedado a la clase trabajadora.

Ni siquiera el analfabetismo era un impedimento para “leer”. Porque sea en la biblioteca, en los centros sociales, en el teatro o en la propia fábrica, la persona que sabía leer le prestaba ese saber al resto leyendo en voz alta.

Frente a esto me pregunto qué es lo que nos pasa ahora con aquél imperativo -¡Leed!- y todas esas esperanzas depositadas en el acceso al libro. ¿Los avances del fascismo en el mundo contemporáneo son consecuencia de que no le hicimos caso a aquella propaganda?

Cada quien tiene su propia historia de cómo llegó a “la lectura”. Me refiero no solamente a la capacidad de leer, a estar alfabetizadxs, sino a incorporar esa práctica como parte de nuestras vidas, como una forma de acceder al mundo y a las ideas. Muchas veces en ese recorrido se confunde el fetiche del libro, del objeto, con la importancia de la lectura. También se suele confundir a la capacidad técnica de leer, de “levantar” el lenguaje de la letra impresa, con la lectura como una práctica más compleja.

Al contrario de lo que sostiene cierto sentido común pesimista, hoy el mercado del libro produce infinidad de libros todos los meses. Y sin duda, si las grandes corporaciones llevan adelante esa producción, es porque del otro lado del mostrador hay gente que compra y quizás también lee. ¿Son esas las lecturas que ayudan a combatir la ignorancia y derrotar el fascismo?

Recuerdo con claridad escuchar a personas afirmar orgullosas que leen todo el tiempo, cualquier cosa.

Eso sin duda es muy bueno para la habilidad práctica de la lectura, pero no necesariamente significa que cualquier lectura es buena, o que toda lectura vale lo mismo.

Una enorme biblioteca de autoayuda, aunque le sirva y le guste a quien la posee, quizás no tiene ningún valor literario o intelectual. Y quizás haya gente que considera que “no se puede no tener” ciertos libros clásicos en casa. Pero si es una biblioteca de “clásicos” que han sido leído alguna vez en el pasado y sólo están ahí como una especie de testimonio de cultura, puede que por mucho valor literario que se acumule en los estantes, esos libros no sean más que un adorno sofisticado.

Existe incluso una moda creciente es la de comprar libros por colores o por diseños, para completar la estética de una casa. Son libros que se venden por metro, es decir, por metro de estante. Lo suelen comprar las personas que recién se compraron una casa y que quieren que en sus fotos y videos se vea que se poseen libros. Todo eso, claro está, no tiene nada que ver con la lectura.

Leer, como capacidad técnica, como posibilidad de interacción con un código impreso, es una habilidad fundamental para relacionarse con el mundo contemporáneo, sus instituciones y para comunicarnos con otras personas. Pero existe un otro “leer”, como capacidad crítica, que significa poder acceder a un mundo cuya naturaleza es compleja, inacabada, llena de matices y que requiere de un pensamiento activo, de un trabajo intelectual.

En la actualidad no sólo leemos libros. Es decir, no sólo conectamos con el mundo y adquirimos conocimiento mediante la palabra impresa. Hoy leemos todo tipo de lenguajes. Es más, estamos todo el tiempo invadidos por actividades de lectura en los dispositivos que definen nuestra era: el celular, las computadoras, internet. Allí leemos de muchas formas diferentes la palabra “impresa”, sea en mensajes, noticias, posteos. Pero también leemos el lenguaje de las redes sociales, noticias resumidas en imágenes, o videos de menos de un minuto que nos acechan con información, la mayoría de las veces, irrelevante pero entretenida.

Esta gran posibilidad de comunicación y circulación del conocimiento ha provocado una explosión de teorías conspirativas y a partir de ellas el surgimiento de nuevas derechas. Un caso paradigmático es el de la teoría conspirativa de “QAnon” en Estados Unidos, que señala a Donald Trump como un héroe cuya actividad secreta es luchar contra una cadena de pedofilia en la que estarían involucrados personajes del arco político “progresista”, y que se relaciona con una serie variada de teorías conspirativas como el “pizzagate”, que afirma que las pizzerías son en realidad centros de prostitución infantil, o las teorías reptilianas, que afirman que las figuras más importantes de la política internacional (sobre todos las figuras menos vinculadas a la derecha) son en realidad una raza de reptiles antropomórficos que buscan dominar el mundo. Fueron justamente las banderas de Q las que flameaban en las protestas que culminaron en la toma del capitolio en Estados Unidos, las mismas teorías que hace un tiempo empezaron a circular por Brasil con consecuencias similares.

En este mismo contexto florecieron vehementes grupos terraplanistas, antivacunas y anticiencia. Y claro que no sólo se puede acceder a esas ideas a través de oscuros foros de internet o de dudosos videos de YouTube, ya se puede acceder también a esas ideas a través de libros. Así, este boom que ha provocado un gran acceso, no sólo a la lectura, sino que también a la producción de textos, no parece haber ayudado demasiado para combatir la ignorancia y el fascismo. ¿Qué es lo que está faltando?

El periodista Chris Hedges, en su libro “Imperio de Ilusiones”, discute las diferentes “ilusiones” o engaños a los que hemos sucumbido en la cultura occidental contemporánea, particularmente en Estados Unidos. Según plantea, existe una “cultura de la ilusión”.

“Somos una cultura -afirma Hedges- a la que se le ha negado, o que ha rendido pasivamente, las herramientas lingüísticas intelectuales para afrontar la complejidad, para separar ilusión y realidad”.

Esta capacidad para distinguir ilusión de realidad es la que caracterizaba a una verdadera capacidad de leer el mundo, de pensarlo y de intervenir en él. El “mundo del espectáculo”, la cultura de las celebridades, han permeado todos los ámbitos de la cultura y la política, al punto de que las campañas electorales se centran más en la calculada creación de imágenes que en proyectos de gobierno. Para Hedges, “un público que ya no puede distinguir verdad de ficción sólo puede interpretar la realidad a través de la ilusión”.

Las viejas izquierdas depositaban toda su confianza en el conocimiento humano como forma de liberación, y sin embargo los avances de la técnica parecen haber potenciado a las derechas y socavado al conocimiento científico. Sin duda siempre han existido teorías conspiranoicas y discursos llenos de falsedades, siempre han existido fascistas hábiles en seducir con sus simplificaciones. Lo que quizás sea inédito es la escala y cierta sensación de derrota frente a esa ola de sinsentidos que encuentra en los Milei, los Trump o los Bolsonaro su forma espectacularizada.

Son muchos los argumentos para perder la fe en aquellas viejas ideas de cambio social. Para responderle con una sonrisa un poco irónica a esa vieja propaganda antifascista. ¿“Leed”? ¡Pero si en la mesa de los más vendidos están los amigos de Milei!

Pero se puede estar a favor de la consigna, a pesar de todo. Un “leed” ampliado y crítico. Que no se quede en la superficialidad de los discursos, sino que pueda trabajar críticamente con ellos. Que nos permita recuperar la posibilidad de sopesar un pensamiento complejo, que nos permita analizar una contradicción o tener en consideración una idea difícil. Quizás invirtiendo la ecuación, no creyendo en la lectura como un medio que directamente combata la ignorancia o el fascismo, que combata la cultura de la ilusión, sino que, al revés, podamos combatir el fascismo y la ignorancia, también en la forma en que leemos.

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