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lunes, abril 22, 2024
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El escarbador

Por Santiago Alassia

Yo tenía un trabajo, me daban dinero. Salía temprano a la mañana, volvía de noche. Siempre el mismo camino ida y vuelta. Pasé muchos años haciéndolo a pie. Podía adivinar el momento en que la primera luz del sol pegaba sobre cada rincón. Grabé en mi memoria distancias, ruidos y obstáculos de ese camino.

Llegué a sentir que alguna vez podría hacerlo con los ojos cerrados. Lo hice. Empecé a ir y volver del trabajo con los ojos cerrados. Alguna gente en el pueblo se dio cuenta, yo los escuchaba. Se codeaban, decían por lo bajo ‘ahí va el loco de los ojos cerrados’.

Después alguien dijo que debía comprarme una casa con el dinero que me daban en el trabajo. Lo hice, compré una linda casa, con patio y galería. Me puse a vivir adentro. Los que pasaban por la vereda se agachaban a espiar y me veían sentado, con los ojos cerrados, en medio de habitaciones vacías. Cada tarde me llegaba el susurro de las voces detrás de las cerraduras. Decían: ‘la casa sola no alcanza, ahora hay que llenarla’. Lo hice, fui poniendo alacenas en la cocina, cama y ropero en el dormitorio, peine y espejo en el baño. Puse muebles en el living y una mesa de mármol con sillas en la galería. Todo lo hacía con los ojos cerrados.

Puse macetas en el patio, les puse tierra y flores a las macetas. Puse adornos encima de los muebles, puse sábanas sobre la cama y encima de las sábanas puse un almohadón. Puse fuentes y ollas, bandejas y platos, sartenes y vasos adentro de las alacenas. Puse toda mi ropa en el armario y como sobraba lugar puse cajas y papeles viejos que encontré en la calle. Puse una mesa en la cocina, sobre la mesa puse un plato, al lado del plato puse un tenedor y un cuchillo. Puse un vaso con agua junto al plato y puse un trozo de pan en el plato. Después me senté en el piso a esperar, con los ojos cerrados. Todo eso debía funcionar en algún momento.

Cuando me fui, dejé puerta y ventanas abiertas. Desde la calle imaginé que el aspecto sería el de una casa como cualquier otra. Caminé por la avenida principal hasta salir del pueblo. Me metí en el primer camino de tierra que encontré. A poco de andar tropecé con un bulto que sobresalía entre los yuyos. Me agaché y me puse a escarbar. Por el tacto supe que era una bolsa, una bolsa de tela suave. La sacudí, apenas lo suficiente para quitarle la tierra, y noté que adentro había algo duro y compacto. Me colgué la bolsa de un hombro y seguí caminando, ya en pleno campo, con los ruidos de la noche alrededor.

De inmediato olvidé todo lo que había dejado atrás. Olvidar es más simple con los ojos cerrados.

Durante mucho tiempo lo único que tuve fue esa bolsa. La abría y la cerraba, pasaba horas cada día haciendo sólo eso. Adentro de la bolsa estaba lo único importante para mí. Necesitaba varios minutos de concentración para palpar los nudos, desatarlos y lograr abrirla. Luego enrollaba la punta de la bolsa, la doblaba sobre sí, hacía nuevamente los nudos, la cerraba. Eran seis los nudos que hacía cada vez que cerraba la bolsa. Los tres primeros eran grandes, para impedir que penetrara el aire. Los tres restantes más pequeños. De tanto abrir y cerrar la bolsa se empezó a rasgar la tela por la fricción de los dedos. Se hizo una ranurita en el costado de la bolsa. La ranura fue creciendo hasta ser un agujero. El agujero fue creciendo con el paso de los meses y los años. Soy meticuloso, cada vez que cerraba la bolsa me aseguraba que los nudos fueran intrincados, los tres primeros grandes, los tres restantes más pequeños. Eso me implicaba mucha fuerza de dedos y paciencia. Tenía tiempo, ninguna otra cosa de mi vida era tan importante como abrir y cerrar la bolsa con cuidado. Prácticamente no había otras cosas en mi vida. Aprendí a manejar las uñas e incluso a dar mordiscos por si los nudos no cedían cada vez que necesitaba abrirla. Entrenaba fuerza de dedos apretando piedritas hasta desgranarlas. Trituraba guijarros y cáscaras de nuez sólo con índice y pulgar.

El agujero creció tanto que ya no se podía distinguir cuál era el orificio original de la bolsa y cuál el agujero, dónde era arriba y dónde era el costado, qué cosa era frente y qué reverso. Yo mismo había perdido referencias para saber cuál era cuál de todos mis agujeros. Si hasta a veces me parecía que hablaba por la nariz, o que era por los oídos que me entraban aire y alimento. Yo y mi bolsa no teníamos ya una cara y un detrás, éramos apenas una superficie donde se iban formando agujeros. Incluso un día sentí estar adentro de la bolsa sin saber por qué camino iría a salir. De mí, de mi bolsa, no había entrada ni salida sino sólo camino. Cualquier punto que se tomara era estar adentro y afuera de la bolsa, y de mí. Adentro y afuera al mismo tiempo.

Cuando aún hablaba con la gente, me advertían que iba por camino equivocado. ‘Si seguís escarbando así vas a desaparecer, estate quieto’, me decían. La última vez que encontré a una persona viva era un hombre muy viejo.

Atardecía, estaba solo, el pueblo se había quedado vacío. En la plaza desierta nada se movía, ni siquiera las hojas de los árboles, y el silencio era real: se podía tocar. Con la última claridad cruzó una paloma que fue a acurrucarse en el campanario de la iglesia abandonada. Encorvado sobre un banco de la plaza, olvidado allí durante años bajo una capa gris de polvo del tiempo, el cuerpo apenas se movió cuando grité. Me dio un sobresalto. Fue un modo de quebrar el vértigo de estar frente a ese espejo: yo mismo de pie al otro lado de la calle, encorvado aún, con los ojos abiertos. Mucho después alcancé a entender por qué los animales que escarban viven y mueren solos sin formar nunca pareja ni tener descendencia.

Escarbar es lo que ahora me mantiene vivo. Escarbo tierra y piedras, cortezas de los árboles, raíces que encuentro y que también mastico. Vivo en esta miniatura del espacio que se abre entre los dedos, el tacto y lo escarbado. A veces, cada tanto, llega un ruido que me obliga a pararme en seco y olfatear. Es algo distinto de lo que estoy acostumbrado a escuchar: el viento entre las hojas, el grito de algún animal lejano, el crujido opaco de mis dedos contra la tierra. Es un sonido que me trae el recuerdo de una voz, quizás mi propia voz que se ha ido apagando con el tiempo de escarbar. Ahí es cuando más insisto en seguir escarbando tierra adentro, para roer incluso la creencia de que hay algo afuera, donde antes erraban los ojos. Y es que ya no creo en nada que no se pueda agarrar: yo mismo pude escarbarme aquella ropa sucia de mirar y de tener que hablar, las viejas palabras, su doble piel, y vine a este morder permanente. Ahora sólo resta hacer piedra de mis dedos y dejarme organizar por la materia encontrada en esta nueva inclinación: escarbar hasta que ya no quede más piel ni tela de la bolsa.

“El escarbador” pertenece al libro de cuentos “No es lo suficiente”, ganador del Premio Provincial de Narrativa “Alcides Greca” en 2020, publicado por Ediciones Santa Fe en 2021.

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