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Las infancias después del barbijo

Por Paola Rossi (psicóloga) Macarela Baravalle (psicopedagoga)

Desde hace un tiempo, dejó de ser obligatorio el uso de barbijos para los niños y niñas en todo espacio abierto y cerrado. Quizás, esta escena brindó la fantasía de una “normalidad”, olvidando o negando los efectos y consecuencias que la pandemia tuvo en un colectivo especial de vulnerabilidad: las infancias.

En el transcurso del 2021, desde distintos espacios, se comenzó a vislumbrar algunas conductas en niños y niñas que convocaron nuestra atención. Con el retorno a la escuela presencial (en algunos casos en burbujas), encontraron como suelo fértil, a la escuela para poder desplegar su recorrido en este período de confinamiento. Así, aparecieron “síntomas” como, por ejemplo, aumento de ansiedad e hiperactividad, dificultades en la autonomía, pérdida de hábitos, acrecentamiento de irritabilidad y agresividad, baja tolerancia a la frustración, regresiones de todo tipo, miedos, dificultad en la conexión con otros (pares y adultos), abuso de nuevas tecnologías, como también conflictos para sostener la atención.

Detrás del síntoma

Hablar de niños y niñas es hablar de constitución, de desarrollo, de estructuración subjetiva. Remite a la sexualidad infantil, a las primeras inscripciones, al acceso a la cultura, a las represiones primarias, entre otras.

La experiencia de la pandemia del Covid-19 debería permitir abrir preguntas y considerar el hecho, que los niños y niñas están sufriendo a su manera y están pidiendo canales de escucha. Escuchar su sufrimiento es dejar que se desplieguen historias. Por lo tanto, entendemos a los síntomas como un llamado, un grito a decodificar.

Para la población más pequeña, lo que sucedió fue un escenario catastrófico. Por ejemplo, una situación que transcurrió fue que en el momento en que los niños y niñas debían desplegarse fuera de sus casas y separarse de sus padres para comenzar a sociabilizar con otros y otras, como fue en caso de aquellos que comenzaban salita de cuatro, tuvieron que replegarse. De esta forma, pusieron en pausas experiencias y vivencias que intervienen en el desarrollo de las aulas, de los jardines.

También, cambiaron los escenarios escolares en donde, en el mejor de los casos, aparecieron mapadres asumiendo roles de maestros, transformando el comedor de sus casas en algo que represente lo más similar a un aula, donde los contenidos provenientes de los docentes se dictaban en los horarios que los mapadres podían. Con un poco de imaginación, inventaron pizarrones y rutinas, necesitando regresar a sus propias experiencias como alumnos para poder conectar con sus hijos e hijas. Nadie mejor que ellos para saber cómo poder llegar y transmitir los conocimientos o contenidos que se estipulaban por los colegios.

Como resultado, de estas modalidades de enseñanza y aprendizaje observamos niños y niñas que tienen dificultades en lo que refiere a los hábitos escolares, como también en lo que respecta a la figura del docente como autoridad.

La psicóloga Paola Rossi

A su vez, estar alejados de actividades recurrentes, la limitación del tiempo al aire libre o de estar con amigos, llevó a los niños y niñas a aumentar significativamente el tiempo que pasan frente a los diversos dispositivos tecnológicos, en ocasiones para generar espacios entre ellos y los mapadres. La disponibilidad 100% provocó un desborde mutuo. Así, pequeñas cosas que comenzaron a introducirse en la rutina pronto empezaron a ser un estilo de vida adoptado, abandonando el encuentro con objetos más concretos, como los juguetes, cuyo valor simbólico es inigualable, entendiendo al juego como la manera en la que el niño y la niña aprende cómo es la estructura del mundo.

A raíz de esto, se observan a niños y niñas con dificultades para sostener una escena lúdica con sus pares, para comunicar o desarrollar emociones que surgen en el encuentro con los otros y otras.

Y no podríamos olvidarnos de nombrar situaciones sociales violentas, de las que se convirtieron en espectadores obligatorios. Aquellas escenas que se suscitaban en ausencia de ellos y ellas, ahora no había espacios que permitiesen tener esos cuidados.

Nuestras intervenciones

Si bien nunca hubo un aula homogénea, en la actualidad nos encontramos con deferencias que amplían el concepto de lo que considerábamos comúnmente como diferencias. Por lo tanto, es fundamental tener en cuenta las situaciones de sufrimiento psíquico que pudieran estar padeciendo estos niños y niñas, como también los procesos que se interrumpieron para la futura constitución de un sujeto pedagógico.

Es momento, quizás, de realizar una pausa para poder repensar cómo y dónde estamos poniendo el foco. Una pausa que le permita al niño o niña poder desplegar y procesar lo vivido, ofrecer espacios de procesamiento de las angustias que vivieron y que hagan los duelos que deben realizar. Dando lugar a relatos, que producto de las desigualdades que se vivenciaron durante el confinamiento, se manifiestan en el ámbito escolar como los síntomas ya nombrados.

La psicopedagoga Macarena Baravalle

Por lo tanto, proponemos reconsiderar las intervenciones que realizamos, desde el rol que nos convoca a cada uno, haciendo hincapié en los deseos particulares de cada uno de ellos y ellas, en las experiencias anteriores, en las modalidades de aprendizaje y en los modos y tiempos en que cada niño y niña se constituye como sujeto (pedagógico), evitando la tentación ante las etiquetas y los diagnósticos.

Posicionarse como actores protagonistas de lo que sucedió permitirá visualizar un punto final de un posible inicio para mejorar los escenarios que se les ofrecen.

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