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sábado, abril 20, 2024
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Antes de decir adiós

Por Nicolás Marcucci

“No sé qué mundo habrá al otro lado de este mar, pero cada mar tiene otra orilla, y yo llegaré”.

Cesare Pavese

Conocí a Pavese en el desencantado verano del 2021 cuando, releyendo los diarios de Ricardo Piglia, me di cuenta que no paraba de nombrar a ese reservado autor italiano y sus ganas de escribir un cuento que gire en torno a él. Fue entonces que me lancé a la búsqueda de sus libros. Anoté cuales eran los que más nombraba Piglia en sus entradas y me aparté toda una tarde para buscar alguno. Todavía recuerdo ese sentimiento de exaltación de estar pedaleando en la bici por calle Corrientes en Rosario, con un calor de infierno, apenas cambiado a las apuradas para tener tiempo de ir a dos o tres lugares en la misma tarde, movido exclusivamente por el hecho de querer saber qué era lo que había fascinado tanto a Ricardo.

Llegué al Jueguete Rabioso, librería amiga, pasadas las seis de la tarde y lo primero que le dije a Germán —el dueño— fue: “Hola Germán, vengo a buscar a Pavese”, como si el italiano hubiera estado recorriendo la ciudad y yo debía recogerlo para llevarlo a una charla. Instantáneamente empezó a revolver pilas y pilas de libros, casi sin mediar palabras, solo repitiendo en voz baja “Pavese…Pavese…algo hay…en algún lado”. Sacó dos o tres libros y se fue al depósito —a la habitación de al lado— a buscar más. En diez o quince minutos tenía seis libros de ese autor que cuatro días antes era casi un completo desconocido para mí, salvo por aquellos esporádicos pasajes de Piglia nombrándolo en sus diarios. Empecé a mirarlos; husmear un poco en su interior, leyendo fragmentos de páginas al azar, también sus contratapas. Cuando leí las solapas me encontré siempre con la misma foto: un tipo ya maduro, de unos cuarenta años, enfundado en un traje, con las manos metidas en los bolsillos, con la cabeza un poco torcida, mirando a la cámara detrás de unos anteojos redondos; el pelo peinado hacia atrás y la expresión seria como si estuviera escuchando un chiste de mal gusto.

Sabía claramente que tenía que ir en busca de dos libros en particular: Diálogos con Leucó y El oficio de vivir. Solo estaban los diálogos con ese tal Leucó. El otro estaba agotado —aunque uno siempre se las arregla para conseguir algo, si es que verdaderamente lo quiere. Leí al azar media carilla y me di cuenta que tenía que empezar por otro lado. Le pregunté a Germán cuales eran sus mejores novelas y me dijo que Antes de que cante el gallo reunía dos novelas cortas excelentes, pero que la editorial que lo había publicado era española y sus ediciones estaban a precio euro, y yo, que desde hacía un tiempo había aplicado el viejo método de medición de sueldo por la cantidad de libros que podía comprar, no me alcanzaba. En cambio había una edición muy hermosa, de tapa negra y letras en celeste de La luna y las fogatas con un ensayo preliminar de Ítalo Calvino. Ese sí entraba, aunque muy ajustado, dentro de mí presupuesto.

Lo compré, y durante toda esa tarde, hasta la noche —porque en esa época había solo leía de noche— no pensé en otra cosa que en Pavese.

Contrario a lo que puede suceder en un diario íntimo, nos acordamos de ciertas situaciones, ciertos lugares, ciertos momentos puntuales en donde estábamos leyendo tal o cual libro aunque no recordemos con claridad qué estábamos leyendo en ese momento. Es decir: en la memoria se cristaliza aquello exterior, lo que creemos en apariencia menos importante, y lo central, diríamos —que en este caso es el libro en cuestión— queda en un segundo plano. Este corrimiento, para Piglia, es la señal de que ese libro nos ha marcado con algo más profundo que la propia escritura, y es la fijación en la memoria: “El recuerdo persiste con el aura del descubrimiento”.  Algo parecido me pasó leyendo La luna y las fogatas: recuerdo muy nítidamente que libros estaban en mi mesa de luz, las dos almohadas encimadas una arriba de la otra, la lamparita con brazo retráctil, el cuadro de Hemingway colgado en la pieza.

Por supuesto que también ciertos acontecimientos de la novela —no todos— están frescos aún: El regreso del personaje al Piamonte luego de amasar una fortuna en Estados Unidos, la lucha partisana contra el fascismo, el haraposo niño campesino Cinto y la inolvidable escena del  granjero que, junto a su familia, se suicida en su casa perdiéndola fuego. Una fogata en ofrecimiento para las buenas cosechas.

A la par de esa lectura estaba terminando de delinear mi viaje a Alemania. Algunos días después de terminar la novela —no la quité instantáneamente de mi mesa de luz— decidí releer  algunas anotaciones que hice al azar en los márgenes y me encuentro, subrayado de punta a punta, un párrafo que conservo hasta el día de hoy: “Nos hace falta un país, aunque solo fuera por el placer de abandonarlo. Un país quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aun cuando no estés te sigue esperando”. No podía sólo cerrar el libro y dejar que ese párrafo; esa sucesión de palabras amontonadas una detrás de la otra, queden a la espera de otro alguien que uniera casualidades y lecturas —que no necesariamente sean las mismas, más bien lo contrario—y llegue a ese libro y a ese párrafo que había escrito un italiano, meses antes de suicidarse en un hotel de Turín.

Así que imprimí —en mi trabajo o el que era mi trabajo—, la misma imagen de Pavese en blanco y negro, casi en pose displicente u agobiada, y escribí aquel párrafo con el día y la fecha de ese momento. Guardé la improvisada estampita debajo de la funda de mi celular.

Cuando volví a Rufino para pasar las últimas semanas antes de la partida, todo me pareció que lo veía por primera vez, incluso los libros. Tuve que elegir solamente unos pocos ya que era muy probable que me estuviera moviendo por un buen tiempo antes de poder instalarme en algún lugar. Al menos eso decía mi mamá, aunque yo pensaba lo contrario. Me daba lo mismo llevar mucha o poca ropa, pero no concebía la idea de que me faltase un libro. Esto hizo que la decisión fuera más difícil aún. Sabía que antes de irme tenía que conseguir dos o tres libros más de Pavese, y que Saer y Piglia tampoco podían faltar.

La última tarde antes de tomar el  vuelo que salía desde Ezeiza la pasé solo. Recorrí a pie —como el personaje de Pavese recorría el Piamonte— las calles de mi barrio. A pesar del paso del tiempo, todo estaba como siempre. Me paré en la esquina que doblaba para mí casa y miré el cartel de Posadas y Colón. Casi que no se podía explicar con palabras. Al menos no con las propias. Hacía falta —en mi caso— que un italiano, en otro país, en otro continente, en otra época las escribiera y las mandara unos sesenta años hacia el futuro.

Estaba atardeciendo y ya se empezaban a ver las estrellas. Seguí dando vueltas por una hora más hasta que se hizo de noche por completo. Antes de volver a mi casa pasé por un quisco a comprar cigarrillos. No quería un atado entero así que me los vendieron sueltos. Volví por la calle de tierra fumando y escuchando a los sapos y los grillos. Saqué mi celular solo para ver la hora. Eran las nueve y media de la noche. Lo di vuela y saqué la foto en blanco y negro. De un lado una frase inolvidable, y del otro Pavese: la cabeza inclinada hacia un costado, con las manos en los bolsillos, mirando a la cámara con sus ojos detrás de unos lentes sin marco, redondos, invencibles…más perfectos que cualquier luna llena.

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