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miércoles, abril 24, 2024
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No tengas miedo torero

Por Natalia Milocco

En ese entretiempo que va de una masa que descansa y el de las berenjenas en el horno, leo. Quizás la lectura sea algo que sucede en el “entre”. Retomo una novela que está ahí, que, como un gato, puede estar de forma silenciosa en el mismo lugar donde está uno; ya recorrió todos los rincones de mi casa: “Tengo miedo torero”, de Pedro Lemebel.

Una historia “traspapelada entre tacoalto y cosméticos”, así la presenta Pedro en una entrevista que se puede ver por Youtube.

Pedro, y me gusta nombrarlo así, como si lo conociera, como si fuera mi amigo, porque creo que algunos escritores tienen esa capacidad de quedarse en uno. Pedro, ese que desconfía de los rótulos, que no cree en los géneros, en la dedicatoria escribe: “Este libro surge de veinte páginas escritas a fines de los ochentas y que permanecieron por años traspapelas entre abanicos, medias de encaje y cosméticos que mancharon con rouge la caligrafía romancera de sus letras”. Esto ya debería servir de advertencia para el lector, podría tener un cartel que diga: “Solo para lectores que quieran encontrarse con una sirena”, o “Cuidado centauro acuático”, o mejor “Cuidado lector porque de ahora en más se encontrará con seres de este mundo y no”.

Pedro, ese que desconfía de todo lo rotulado, en esta entrevista va a insistir en no llamar a este libro: novela. El dirá “escritura”, porque si hay algo en lo que cree Lemebel es en las escrituras, con “s” al final para marcar en una sola letra la apertura a lo diverso.

En esta historia que, por momentos es crónica, por otros, novela, también poesía, es una película proyectada en el cine viejo de pueblo, con butacas rojas e incómodas; pone a jugar un verdadero encuentro con el otro, o con lo otro. Una escritura que cuenta la historia de un amor por alguien diferente y la posibilidad de construir un otro allí.

La Loca del frente, la protagonista de esta escritura, en su ser contiene y resiste a todas las nominaciones a la vez, durante toda la historia no aparece su nombre real, mejor dicho, no aparece ningún nombre. A veces es nombrada como ella y otras como él, y eso hace que el lector se pierda un poco al principio, en este afán héteronormativo de andar haciendo coincidir los cuerpos con un nombre y un género.

Una escritura polifónica, habla la Loca, habla Carlos, su enamorado que le corresponde y no al mismo tiempo (no se atreve a tanto); hablan el coro de amigas, que parecen las brujas de Macbeth, y habla Pinochet, pero principalmente su mujer Lucía.  Las escenas van y vienen entre el conventillo en el que vive la Loca y donde termina alojando a Carlos con sus amigos universitarios, todos militantes de izquierdas, organizando la revolución; los círculos de militares enriquecidos a costa del hambre y la muerte del pueblo chileno, las calles tomadas por las protestas, los pacos reprimiendo a diestra y siniestra, la radio “Cooperativa” que dice cosas que la Loca no quiere escuchar, ella quiere escuchar solamente cosas lindas.

Pero la Loca se va transformando y el amor por Carlos le hace ver la mierda en la que se acostumbró a vivir. Hay una escena hermosa en donde ella le organiza una fiesta de cumpleaños a Carlos, pero invita a todos los niños del barrio, una madre le pide por favor que también invite a otro de sus hijos, porque nunca fue a un cumpleaños. Es el Chile que Carlos sueña cambiar, que todos los chicos puedan tener un cumpleaños, y sueña con Cuba y festejarlo en la calle, un festejo colectivo, un cumpleaños en donde se festejan el de todos a la vez. Y la Loca le regala ese sueño en esa casita de morondanga que parece alojar mucho más que estudiantes universitarios: una vida que pueda vivirse de otra manera o al menos la posibilidad de soñar con eso.

Va llegando el final de la novela, Carlos está involucrado en un ataque importante a la caravana del dictador, está organizando su exilio, y la Loca tiene horas para juntar algo, quemar papeles, cartas, números de teléfono y también rajar:

“Entonces encendió un cigarro y subió al altillo para ver ese horizonte gris con los ojos de un desahuciado. Y sentada frente a esa perspectiva, dejó escapar motas de humo, preguntándose: ¿Cómo se mira algo que nunca más se va a ver? ¿Cómo se puede olvidar aquello que nunca se ha tenido? Tan simple como eso. Tan sencillo como querer ver a Carlos una vez más cruzando la calle sonriéndole desde allá abajo. La vida era tan simple y tan estúpida al mismo tiempo. Como le hubiera gustado llorar en ese momento, sentir el celofán tibio de las lágrimas en un velo sucio cayendo como un blando y lluvioso telón sobre la ciudad también sucia. Cómo le hubiera gustado que su enjaulada pena rodara fuera de ella en al menos una gota de amargura. Sería más fácil partir, dejando quizás un pequeño charco de llanto, una mínima poza de aguada tristeza que ninguna CNI pudiera identificar. Porque las lágrimas de las locas huachas como ella, nunca verían la luz, nunca serían mundos húmedos que recogieran pañuelos secantes de páginas literarias. Las lágrimas de las locas siempre parecían fingidas, lágrimas de utilería, llanto de payasos, lágrimas crespas, actuadas por la cosmética de la chiflada emoción.”

Hay otra escena hermosa, la Loca y Carlos están en la playa viviendo un final estilo Hollywood, un final que, aunque dura unos segundos es una forma de creer en el amor. Corren y juegan en la playa como chicos, ella prepara un picnic, saca un mantel bordado y flores, porque a la Loca nunca le faltan las flores. Y la historia transcurre como si el lector fuera la cámara que los sobrevuela.

En esa entrevista en donde Pedro se encuentra presentando este libro, lo que insiste es su compromiso con la escritura. Allí reflexiona sobre su decisión al buscar el final de la novela, pensar el cómo terminar una historia es también una posición ética y política, dice:

“Y… las novelas de homosexuales siempre terminan así, a la Loca la matan o siempre le pegan, y ahí hay una proyección del machismo… y yo no la terminé así”.

Entonces… ¿Porqué seguir leyendo hasta el final sabiendo que la Loca no termina ni loca, ni muerta, ni correspondida? Porque solo llegando hasta el final el lector podrá vivir el efecto de revelación y transformación que produce esta escritura. Ya nada se verá como antes de iniciar su lectura, y ojalá les suceda, lo que a mi ahora, que estoy sin poder soltar, ni al libro, ni a la Loca, ni a lo que de loca hay en Pedro o todo lo que de Pedro tiene esa loca.

“Mi loca, pensó. Mi inevitable loca, mi inolvidable loca. Mi imposible loca, afirmó leve mirando el perfil hermosamente verde azulado por un reflejo de pleamar”.

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