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miércoles, abril 17, 2024
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Por Eduardo Kelo Moreno

En la política actual, las discusiones  y acusaciones  se plantean   mediáticamente   para defender o acusar. En su mayoría, los medios de comunicación pasaron a ser una especie de tribunal donde se acusa, juzga y condena con retóricas vacías de contenido.

Hoy dudamos de la veracidad de determinados temas que preocupan y que no terminan sólo ahí, en las redes sociales y medios, donde se puede denostar y agredir los diferentes puntos de vista de determinados dirigentes, periodistas y otros actores sociales. Sorprendidos algunos de cómo son imaginados en una tumba, bolsas negras, ahorcados, en guillotinas, gigantescas hogueras y cárceles, no poniendo el mismo empeño en involucrarse en la situación que siguen viviendo los cordones históricos de pobreza, las políticas mineras contaminantes, los agronegocios, la discriminación y muerte que padecen los pueblos originarios. El poder real así lo llaman desde la reverencia política representativa y sólo son unos extorsionadores y manipuladores que se siguen cargando a las mayorías con total libertad.

Estos temas son invisibles para los medios oficialistas y los cuasi oficialistas también, a excepción de los medios alternativos que hacen un seguimiento de la información. Muchos dicen que estas prácticas son cambios políticos y tenemos que adaptarnos, a sabiendas que la política está en otro lado y no en los discursos sui generis que crean confusión a la gente.

Lo real es que, a cada preocupación colectiva, se responde con soluciones simplista. Y es allí donde vemos el discurso vacío carente de respuesta efectiva, que profundiza el problema. Un claro ejemplo lo constituyen los delitos urbanos, hoy llamados “de inseguridad”, cuya teoría es hacer un Gran Hermano, es decir, llenar las distintas ciudades de cámaras, donde nosotros somos los protagonistas, controlados por la fuerza policial (el sector del Estado más cuestionado por sus vínculos directos con el delito, dicho sea de paso).

A esto le agregamos los famosos “buchones de la vida”, que violan derechos y garantías denunciando “anónimamente ” (hasta hoy no han solucionado nada). La problemática de la droga se profundiza y está cada vez más lejos de solucionarse, ya que es una cuestión política y debe ser solucionado por ese medio. Pero es más fácil decir “estamos haciendo algo”, con esas inversiones majestuosas que nada solucionan. Ellos lo saben, son conscientes de que así evitan atacar las consecuencias.

Si salen a la luz denuncias sobre mal trato, abuso de autoridad, casos de impunidad o dudas sobre hechos de corrupción, la estrategia es siempre la misma: dividir la opinión y así lograr el efecto de que la verdad parezca mentira. O, lo que es peor, que la mentira pase a ser verdad, no buscando donde dirimir estas cuestiones en un Estado de derecho. En cambio, todo el peso de la ley recae sobre los pobres, corridos y procesados por el delito de ser pobres, sitiados con la excusa de que son el problema y sólo siguen siendo víctimas de este sistema construido para la desigualdad.

Cuántos desamparados llegan a las ciudades, engañados con la publicidad mentirosa de que la ciudad es una panacea laboral, y  terminan limosneando por las calles y oficinas municipales que, ante la desesperación, ocupan alguna casa abandonada o construyen chozas precarias en terrenos ajenos y son reprimidos. Porque para eso el estado actúa con total rapidez, no así para solucionarles el problema de la vivienda, que es cada vez más profundo.

La mirada es diferente con los que más tienen: reciben desde créditos hasta subsidios, para pagar sueldos y terrenos a bajos costos con dinero de la caja de los jubilados. Duele esa dualidad, donde la mínima es ser pobre porque los fondos son deficitarios.

Es esta una mirada violenta de la política, que fabrica marginados y ciudadanos dolidos por la diferencia de trato y forma de vida, notando la anormalidad de muchos representantes en cuanto a sus abultados patrimonios: viajes, fastuosas viviendas, dueños de empresas de servicios, como si tuvieran un balde sin fondo. La pregunta lógica que debemos hacernos es ¿Puede un funcionario con un sueldo del Estado tamaña ostentación?

Estas prácticas comparadas, con la pobreza, nunca tienen piso. Se creerán que es el pueblo el que los debe servir y no al revés. Deberían pensar que el voto no les da la razón, sino la responsabilidad de ser representantes- Esa equivocación hace que vivan proyectando elecciones para conseguir votos y no construir políticas para todos.

Los caminos y las preocupaciones siguen siendo diferentes. Tendrá que ser una cuestión de actitud y sinceramiento para que se vayan modificando estas prácticas. Sin olvidar la responsabilidad ciudadana, porque deberíamos pensar más colectivamente y construir ciudadanía.

También hay otras alternativas políticas. Acompañar a otros muchos buenos dirigentes comprometidos. Pero, si seguimos pensando con la lógica de las empresas de medios de comunicación, que los malos de siempre aparezcan como buenos, lo cual sólo es una cáscara vacía, que muestra imágenes y frases armadas apuntando al marketing como construcción política. Seguiremos perdiendo el rumbo de no pensar que la política es lo único que nos va salvar como nos quieren hacer creer, para seguir despreciando la palabra política que es lo mejor que nos pueda pasar en esta vida como sociedad.

En palabras de Bertolt Brencht: “El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que son el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.

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