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martes, abril 16, 2024
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Día de limpieza

Por Nicolás Marcucci

Pensé que llegaba temprano pero no. Llegaba tarde. Estaba en un tren que iba a las afueras de Berlín, recostado sobre mi asiento, con la cabeza pegada a la ventanilla y llegaba tarde. Eran las seis y media de la mañana y el día recién arrancaba, pero el sol ya estaba alto y me pegaba de lleno en la cara. Tenía al menos cuarenta minutos de viaje y pensé en dormir un poco, reponer energías porque me esperaban más de tres horas de trabajo: pasar un trapito seco para sacar el polvo, aspirar los pisos, fregar con la esponja, pasar un trapito húmedo y luego el seco nuevamente, como si la limpieza tuviera la misma estructura que un cuento de Borges.

Pasando Ostkreuz, creo, no estoy seguro, se me había ocurrido una idea brillante –pero brillante de verdad–, como una revelación en un sueño, aunque no la recuerdo. Pero sí recuerdo su fuerza, su potencia arrolladora, como cuando alguien trae de regreso una sensación producida mucho tiempo atrás, a lo Marcel Proust. Desde aquel único-instante-mágico hasta el final del día no pensé en otra cosa que la captación, al menos mínima, fugaz, de esa idea que me llegó en la duermevela entre Ostkreuz y Treptower Park.

Aquello me desveló completamente. El plan de la siesta pre-trabajo había fracasado de forma rotunda por culpa de aquel rapto de iluminación chamánica feroz. Me acordé de que no había pagado el boleto del tren, que hasta ese momento ignoraba pues, desde que había llegado a Alemania no había visto un solo euro, y entonces, de vez en cuando digamos, apelaba a la viveza criolla. De criollo no tengo un carajo, pensé, no tengo un carajo de criollo y no tengo plata.

Llegando a Sonenalle decidí sacar un libro para abstraerme de todo aquello; hundir la nariz entre hoja y hoja, y en lo posible, terminarlo antes de llegar. Estaba abriendo la mochila cuando una chica alta y rubia, de ojos absurdamente celestes, se sentó al lado mío. Es alemana, pensé, es alemana o ucraniana, sino no hay forma. Me acurruqué aún más contra la ventanilla, en parte para escapar a lo que ahora llaman manspreading –esa posición despatarrada que te ubica automáticamente en el ojo de la tormenta– y también para delimitar mi propia zona, retirándome del campo de batalla, a mi trinchera personal y comenzar a leer. El libro en cuestión era Trance, de Alan Pauls. Un recorrido bastante autobiográfico por sus lecturas pero contado en tercera persona en una especie de desdoblamiento pigliano, como si en ese ejercicio de verse como si fuera otro, se pudiera captar algo que en primera persona sería imposible.

Por mucho tiempo tuve una idea algo vaga de que la diferencia entre buen texto y uno malo era si en su interior, en pocas palabras –si es que el autor tenía la suficiente destreza para hacerlo–, se podía condensar su sentido. Como si en solo dos o tres líneas, imperceptibles, unas huellas que apenas se dejaran vislumbrar, nos allanasen un camino por el cual debíamos transitar, no a modo de aventura sino a modo de descubrimiento, de mera interpretación personal, y aunque no llegáramos todos al mismo destino —cosa imposible por otro lado—, reconociéramos en él, al menos ese par de huellas familiares, puestas adrede, por un mago anónimo, invisible, en algún momento del pasado, y que después de pasar por ellas, algo en nuestro interior habría cambiado, y al levantar la vista y cortar el hechizo, seríamos, en más de un sentido, diferentes.

En el caso de Trance, podrían ser estas: “ …fijará de manera definitiva la ley contraria, la única verdadera, la única contra la que no puede ni podrá nada: que hay dos pares de ojos, los que usa para leer y los que destina al mundo, y que todo acomodamiento, en la medida en que ya no sea natural, automático, como hasta entonces, sino una conquista fruto del esfuerzo, no hará sino ratificarla a sangre y fuego”

Cerré el libro cuando pasaba Hermannstraße en un esfuerzo absurdo por intentar dormir diez o quince minutos antes de tener que bajarme. No pude. La luz del sol ya estaba muy alta, la cantidad de pasajeros era demasiada y el ruido de los altoparlantes que anunciaban la próxima estación hacían imposible que uno pudiera pegar un ojo. Vencido, demasiado cansado para leer pero demasiado despierto para dormir, me acomodé lo mejor que pude contra la ventana y me dispuse a mirar hacia afuera.

Berlín está rodeada de bosques, de lagos, de toda una vegetación que abunda, que crece, que no para, que imperceptiblemente avanza y que, día a día, gana un poco más de terreno. Por ejemplo las bicicletas: hay demasiadas, y muchas están abandonadas, atadas a un poste, con las ruedas dobladas –algunas sin ellas–, y la vegetación que las va tomando poco a poco, empezando por los rayos, subiendo en forma de espiral hasta la horquilla, entrelazándose, como si estuvieran tapizando las columnas de algún antiguo templo sagrado –de verde en primavera, de marrón pelado en invierno– y culminando su acto silencioso en la punta de las manoplas. Esperando, entonces, a que otra bicicleta sea abandonada para repetir ese acto maravilloso, ancestral, o buscando alguna reja cercana, presa más estática, para seguir con su avance silencioso, casi mítico, como impulsado por la gracia de Dios y que ni dos guerras mundiales, ni una pandemia, pudieron detener.

Llegué (¿llegué?) a la parada que me indicaba Google Maps. Salí de la estación y comencé a caminar confiando ciegamente en mi celular, en esa inteligencia artificial que se encarga de pensar por nosotros. Según la aplicación, estaba a cuatrocientos cincuenta metros de mi destino. Me di cuenta rápidamente que estaba en otro lugar, no porque me hubiera equivocado de tren, sino en otro lugar totalmente diferente a Berlín. Esto, pensé, es Alemania. Casas en forma de chalet, ni una sola bocina a kilómetros de distancia. Nada. Todo aquello me pareció muy bonito al principio pero a medida que caminaba me dio la sensación que esa perfección, en algún momento, se tornaría insoportable. Me acordé instantáneamente de John Cheever y de sus cuentos sobre la vida de la clase media acomodada post Segunda Guerra Mundial en los suburbios de Nueva York. Como si detrás de esas plantas perfectamente cortadas, tan verdes, hermosas; de esas calles sin basura, pulcras, estuviera encerrada una bestia, agazapada en cuatro patas, esperando el momento indicado para saltar y matar a su presa.

Me relajé. Ya estaba cerca de mi destino. Una señora gorda con los cachetes rosados me preguntó algo en alemán que no supe responder y con una sonrisa impostada pero amable le dije: Ich spreche kein Deustch. Crucé un parque hermoso con zona de juegos para niños, un puente, una cancha de bochas y muchísimas flores de colores. Llegué a la casa solo tres minutos tarde y pedí perdón por mi retraso. Por suerte Vivien y su marido eran clientes habituales y había cierta relación de complicidad aunque siempre tuve la precaución de saludar con un apretón de manos. Me saqué las zapatillas y las dejé en la entrada. Antes de pasar a cambiarme Vivien me hizo un recorrido entero por la casa solo para decirme que quería que la limpiara igual que la última vez, que había quedado muy satisfecha. Era una mujer hermosa, de pelo corto y rubio. Max estaba en el living en una reunión del trabajo y el bebé en el kindergarten. Esperé a que ella también se fuera al living para irme a cambiar al baño. Me cambié de remera y me puse un short deportivo negro que me había regalado mi vecino cuando todavía vivía en Rosario. La ropa también tiene memoria. Me puse unos guantes de látex y salí del baño para ir a buscar los productos de limpieza. En el camino dejé la mochila en la entrada, junto a las zapatillas. Volví al baño, abrí la canilla de la ducha y dejé que se llenara tres cuartos del balde. Vertí en él un poco de detergente y algunos líquidos de nombres extremadamente largos e impronunciables que solo atinaba a descifrar por las fotos de la etiqueta. Saqué al pasillo las alfombras para secarse los pies y volví a entrar. Me puse los auriculares para escuchar música y dejé que en el balde se hiciera un poco más de espuma. En todo momento hice el esfuerzo por recordar aquella idea maravillosa que me había asaltado en el tren de la mañana. No pude. Algunas cosas es mejor simplemente olvidarlas.

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