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sábado, abril 13, 2024
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La picadura posible de un alacrán

Por Ezequiel Gatto

Abrir los ojos y percibir todo su cuerpo en estado de tensión fueron fenómenos simultáneos. Había dejado el velador prendido para dormir porque había anticipado que sería una noche agitada. Ella, a su lado, despertó de golpe, como si una ola invisible de preocupación, procedente de él, hubiera golpeado contra su cuerpo, arrastrándola a una vigilia repentina. Le costó recordar que estaba en una cabaña en un pueblito de Traslasierra, en el oeste de la provincia de Córdoba, en Argentina. Que habían llegado hasta ahí quemando combustible fósil, deseando una aventura, llevando teléfonos que los mantenían conectados a los lugares donde no estaban sus cuerpos.

            “Creo que me caminó un alacrán por la pierna”, dijo él. Ya de pie, agitado, junto a la cama. Ella se enderezó inmediatamente y miró el piso, inquieta. “¿Estás seguro?”. “No, pero tengo la sensación, una cosquilla acá”, dijo, indicando su pantorrilla.

            Revolvieron toda la habitación, sin encontrar nada. Luego el resto de la casa. Tampoco. Pero constatar la ausencia de alacranes concretos no hacía más que multiplicar la posibilidad de alacranes.

            El problema tenía una larga historia. Los alacranes son un resultado evolutivo que apareció en el Silúrico, hace cuatrocientos cincuenta millones de años. El más antiguo que se conozca lo encontraron en Wiscosin, en 2020. Ahora ellos dos, resultados evolutivos de una especie surgida hace unos trescientos millones de años, semidesnudos, semidormidos y asustados, buscaban a un ejemplar de la especie paleozoica para matarlo. Sabían que en esa zona hay dos tipos de alacranes, uno no venenoso y uno venenoso, identificables por sus colores. No es fácil que la picadura del último mate a un homo sapiens adulto, pero así todo es peligroso. Además, su morfología no ayuda a volverlos queribles. Los insectos son casi arquetipos de cualquier relato de terror. Quizá el único competidor que tengan en este aspecto sean los reptiles. 

            El desmonte de la zona por la presión de la especulación inmobiliaria, que no para de robarle tierras a habitantes que están allí desde hace décadas, si no siglos, y quienes difícilmente tengan títulos de propiedad, empuja al movimiento de grandes masas de insectos. El calor terrible de estos años, las sequías, los incendios, colaboran coercitivamente con esos movimientos. La disputa por el territorio no es sólo asunto de humanos. Capitalismo y cambio climático suenan a palabras demasiado abstractas hasta que te roza un alacrán la pierna.

            Si la escena hubiera sucedido en el invierno noruego, ella podría decir que él estaba loco o que lo había soñado. Él mismo podría haber dicho esas cosas. Podrían haber reído, darse media vuelta, o abrazarse, y seguir durmiendo. Pero sucedió en la noche cordobesa de un verano infernal. Las cosas, cuando son pertinentes, dan más miedo. Prepararse para lo peor, estar listo para enfrentarlo sin saber de dónde llegará, sin saber cuándo: la anticipación del miedo expone la arquitectura, muchas veces oculta o matizada, de nuestro vínculo con la futuridad. Hiperpresentes e hiperfuturos: el alacrán picador futurizado devora todo el presente, lo cubre con su espectro. O, mejor dicho, casi todo el presente. Porque hay un intersticio por el que se cuela lo contrario: volver posible que la picadura sea imposible.

            El miedo es un gran productor de futurizaciones. Un productor muy especial. Induce estados de alerta extremos, inunda la situación como un tsunami bajo el cual apenas pueden verse las otras cosas, salvo que esas cosas sean utilizables para revertir el miedo. Más aún se echará mano de lo que sea con tal de revertirlo. El mundo se vuelve un medio aterrador y un reservorio del que echar mano desesperada contra el miedo. Un miedo, como cualquier futurización, tiene una historia en la que se ensamblan y convergen procesos y tiempos heterogéneos. Desde una mutación genética del paleozoico al deseo de una aventura humana. Y los modos de conjurarlo son, como el miedo, un motor de la historia.

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