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La feminista del convento

Juana Inés de la Cruz, fue una escritora, erudita, religiosa y pionera en la lucha contra los estereotipos de género

Por Manu Abuela

Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis” es el comienzo de uno de los poemas más trascendentales de su tiempo, escritos en la segunda mitad del siglo XVII, pero que resuena hasta en nuestros días y que denuncia la misoginia y la desigualdad de género.

Pero no sólo estos versos se transportaron cuatro siglos, sino con ellos la mano que los escribió, perteneciente a sor Juana Inés de la Cruz, mujer conocida por su prolífica obra literaria y su fascinante historia de vida. Una “adelantada”.

Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana nació en San Miguel Nepantla, actual territorio de México, por aquel entonces denominado virreinato de Nueva España -desempolvemos los libros de historia- el 13 de noviembre de 1651. Pero algunos estudios posteriores hallaron lo que supuestamente es su acta de bautismo, donde explicita como su fecha de nacimiento el año 1648.

Así, aunque hay discusiones y los historiadores no se pudieron poner de acuerdo si nació en un año u otro, todos coinciden en una característica de la monja: era una niña prodigio. A los tres años ya sabía leer y escribir de corrido, algo inusual para cualquier persona, pero por sobre todo para una mujer por aquellos años, teniendo en cuenta que la mayoría eran analfabetas y el acceso a la educación se limitaba por género y casta social.

Juana era “hija natural”, lo que significa que su mamá, Isabel Ramírez de Santillana, quedó embarazada producto de una relación extra matrimonial. Esto ya tenía un peso social para la época -no por nada intentó ocultarlo-.

Desde muy chica vivió en la casa de sus abuelos maternos junto a su mamá, en la hacienda llamada “La Celda”, donde había una biblioteca. Fue amor a primera hojeada. Recorrió las líneas de los clásicos griegos, y los romanos, y por supuesto los santos y teología también. Tanto la atrapó el saber que por más de que era mujer podía aprender en una época misógina que creía que intelectual y cognitivamente la mujer era inferior.

Una chica con ideas

Algunos dicen que cuando estudiaba una lección y después no la recitaba correctamente se cortaba un mechón de pelo, porque “de qué le servía verse linda si no tenía ideas”.

Con cada libro sus ganas de saber más la atrapaban, y movida por esa llama le suplicó a su mamá que la dejara disfrazarse de varón para ir a la Universidad. Desde niña, las trabas que se le presentaban a esa cabeza brillante eran sólo por ser mujer, más allá de sus extraordinarias condiciones.

A sus ocho años murió su querido abuelo, y su mamá decidió que lo mejor sería que se mudara a la casa de su hermana y cuñado, en la ciudad de México. Allí, continuó estudiando y su figura comenzó a cobrar trascendencia. Dicen que aprendió latín en sólo 20 lecciones.

Imaginemos la situación: una niña, cautivadora con su belleza, que no era solamente un lindo empaque -como todos estaban acostumbrados a tratar a las mujeres- pero además genio, que abría su boca y de allí sonaban versos, categorías de los científicos de su época, y también ideas propias. Entonces, todos en la ciudad hablaban de esta tal Juana.

Por su relevancia, a los 16 años ingresó a la corte del virrey Antonio Sebastián de Toledo, Marqués de Mancera, y la virreina, Leonor de Carreto. Especialmente la virreina se convirtió en la mecenas de Juana.

La joven Juana, cortesana, a sus 16 años

De sus años adolescentes en la corte no hay mucho registro, pero el que se encuentra en su biografía basta para saber que la corte fue su lugar, al que ingresó más o menos en el año 1664.

Mecenas reales

Aquel espacio la rodeaba de los intelectuales más influyentes de la época, siendo el epicentro del movimiento estético y cultural del momento. Con la protección real, comenzó su producción literaria, que fue tomada de buena manera en la corte.

Allí compartió tertulias con filósofos, teólogos, historiadores, matemáticos, destacándose en esos encuentros por ser una “jovencita fuera de lo normal”. Fue tal el asombro que, cuenta la leyenda, el virrey le solicitó a un grupo de sabios que la evaluaran intelectualmente, prueba que superó con creces.

Conforme pasaba su adolescencia, se avecinaba para Juana la tarea de tomar una difícil decisión: ser esposa o ser monja. Para las mujeres de su tiempo, acceder al conocimiento universitario estaba prohibido, por lo que la única forma que consideró la harían estar más cerca de los libros era formar parte de las filas de la iglesia católica.

Entre sábanas

Vale aclarar que el matrimonio para Juana no era una opción. Y aquí se configuran algunas dudas alrededor de su orientación heterosexual, ya que algunos estudiosos afirman que en realidad Juana no era la más allegada de las cortesanas de la virreina, sino que entablaron una relación sexo-afectiva.

Sin embargo, la mayoría de los historiadores la posicionan en una muy buena relación de amistad con Leonor, quien le tenía mucha estima también, confiándole hasta la instrucción de su pequeña hija.

Como la virreina la protegió y la acercó a todo el círculo de intelectuales de la época, muchos creen que esto era “raro”. Aunque bien puede deberse a un sentimiento de amistad fuerte que las unía.

Otro episodio que contribuye a alimentar el mito de la relación entre Leonor y Juana fue uno de los sonetos que esta última le dedica al gran filósofo griego Platón. Con mucho machismo, ya desde las siglos anteriores a la venida de Cristo, el aprendiz de Sócrates había explicado que por naturaleza las mujeres, “al no ser suficientemente racionales”, no tenían la capacidad para experimentar la amistad.

Es por ello que Juana escribe entre sus líneas “Ser mujer, ni estar ausente/ no es de amarte impedimento, / pues sabes tú que las almas / distancia ignoran y sexo”.

Por eso, algunos interpretaron -fuera de contexto- que en realidad Juana le estaba declarando su amor.

De clausura

En 1667, la poetisa ingresó al convento de las Carmelitas Descalzas de México. Por problemas de salud, a los cuatro meses se trasladó al convento de la Orden de San Jerónimo, donde se quedó definitivamente.

Haciendo uso de sus contactos, la monja tenía una celda de dos pisos, llena de libros e instrumentos científicos de su posesión que fue adquiriendo en sus años de cortesana y posteriormente, que le traían sus amigos y amigas cuando la visitaban. 

Su biblioteca llegó a tener trescientos libros -entre ellos de criptología, música, teología, historia, matemáticas, literatura-, en una época donde la imprenta no había llegado aún al nuevo continente.

Si bien no se podían recibir visitas, la polla de los virreyes se había ganado -con inteligencia y gracia ya era reconocida en el mundillo de las letras- ser la excepción a la regla. Hasta tertulias organizaba allí.

¿Habrá movido sus recuerdos habitar una nueva celda, esta vez ya no la hacienda de su amado abuelo sino la del convento, siempre rodeada de libros?

Así fue como su celda se convirtió en punto de reunión de poetas e intelectuales, de la créme de la créme, como por ejemplo Carlos de Sigüenza y Góngora. Además, el confesor y jesuita Antonio Núñez de Miranda se convirtió en su padrino allí dentro, dejándola hasta tener una criada que su madre le había enviado.

Sor Juana Inés de la Cruz, interpretada por el pintor Miguel de Cabrera en 1750

El cambio de virreyes, en 1680, no afectó la estrecha relación de la ahora monja con la realeza.  Tomás de la Cerda y Aragón, marqués de la Laguna, conde de Paredes, y su esposa María Luisa Manrique de Lara y Gongaza le encargaron algunos trabajos a la sor, como el Arco Triunfal de bienvenida, donde compuso para la ocasión una alegoría que tituló Neptuno Alegórico.

Gracias a estos virreyes, escribió la producción más grande, incluyendo obras teatrales, sacramentales y prosa, además de poemas. Pero el único poema que realizó por placer, y no por encargo, fue “Primero Sueño”, que contiene casi mil versos. Esta se constituye como su época dorada.

Batalla de géneros

Pero en 1690 sucedió una pelea epistolar -hoy podríamos emularlo a un encontronazo en Intragam o Facebook- con el obispo de Puebla, Manuel Fernández de la Cruz. El señor había redactado bajo un pseudónimo -con otras palabras- que Juana escribía muy lindo, pero que tenía que dedicarse más a la vida eclesiástica y menos a la reflexión teológica, porque eso de pensar era “cosa de hombres”.

Esas palabras provocaron la ira de la diosa de las letras. Justamente, desde pequeña luchó contra los impedimentos de haber nacido mujer y querer aprender. Toda su vida se dedicó a romper el prejuicio de que las de su género no eran solamente buenas sirvientas, buenas esposas, buenas madres o buenas amantes, sino también -si les daban la posibilidad- buenas historiadoras, buenas filósofas, buenas matemáticas. Y este hombre puso el dedo en la llaga, despertando un enojo difícil de contener, que se vislumbró en una carta de respuesta:

“(…) desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones -que he tenido muchas-, ni propias reflejas -que he hecho no pocas-, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aún hay quien diga que daña (…)”.

sor Juana Inés de la Cruz

Así, la poetisa expresaba a viva voz la desigualdad y la injusticia de la cual es víctima la mujer -y aún hoy lo sigue siendo-. En toda su obra, los modelos que aparecen son mujeres: Isis, Hypatia o Santa Catarina de Alejandría, por ejemplo. Así, trató de demostrar que su dote natural para la razón no era única, ya que a lo largo de la historia otras mujeres también dejaron a la luz que la idea de ser inferiores intelectualmente por tener vulva, era errónea.

Juana reflexionó durante toda su vida acerca de si su don era eso, un don, o una maldición. Le pedía a Dios en sus oraciones que la ayudara a encontrar una respuesta, y tan atormentada estaba de no entender por qué era mujer y conocedora a la vez, que escribía: “En perseguirme, mundo, ¿Qué interesas?/ ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento/ Poner bellezas en mi entendimiento/ Y no mi entendimiento en bellezas?”.

Agotada por ser el blanco del dedo que señala, -y ya sin tantas fuerzas juveniles como antes- en 1693 le solicita a su padrino que venda todos sus libros y objetos y los done a los necesitados, y se volcó de lleno a la vida monástica.

Lo que Juana nos dejó

Después de ese golpe duro, los historiadores no tienen más registros de ella que su acta de defunción, fechada el 17 de abril de 1695 en la ciudad de México. Juana murió producto del cólera, contribuyendo en el cuidado de sus hermanas que padecían esta enfermedad, en aquella epidemia mortífera.

Sin embargo, Juana nunca se fue. Sus obras la traen cada tanto, cuando alguien en algún lugar del mundo abre un libro y lee alguno de sus versos. O cuando maestros y maestras en el aula le cuentan a los estudiantes que en Nueva España, en plena época colonial, una mujer irreverente con una inteligencia sobrenatural se destacó desde pequeña sólo por saber. O cuando alguna feminista la reivindica dentro del movimiento, siendo la “primera feminista de América del siglo XVII”.

En una época donde las mujeres estaban destinadas a casarse y procrear, o morir en un claustro oscuro, Juana terminaba su poema más icónico, expresando el asco que le daba su sociedad, la que culpaba a la mujer por el pecado del hombre. Dirigiéndose a éste, para decirle en la cara: “Bien con muchas armas fundo / que lidia vuestra arrogancia, / pues en promesa e instancia / juntáis diablo, carne y mundo”.

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