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La belleza ¿es subjetiva? Cánones y violencia simbólica

En épocas de fiestas tradicionales y carnaval, reflexionamos en clave de género sobre las consecuencias negativas de los concursos de belleza en nuestra sociedad.

Por Manu Abuela

“La belleza reside en los ojos de quien la mira”, escribió Oscar Wilde en el Londres victoriano. Pero aquellos ojos que observan tras la mesa que lleva escrito “jurado”, deliberando si esa muchacha tiene la cola más parada o aquella no tiene una sonrisa forzada, están empapados de imágenes de mujeres flacas, altas, con sus ojos claros, sus dientes perfectos, sus pieles tersas, piernas largas y sus senos bien parados. Aunque algunos puedan preferirlas rubias y otros morochas, lo cierto es que lo que se considera como “mujer bella” en un tiempo y espacio específicos lejos está de recaer en cada individuo, sino que está generalizado y difundido por los medios de comunicación que nos bombardean con publicidades donde se muestra un tipo de mujer específico, considerada hegemónica.

Teóricos y académicos expresan que además de las publicidades, la televisión, internet y otras plataformas de difusión del canon de belleza actual -puesto en jaque por el movimiento feminista desde la década de 1970- los concursos de belleza promovidos en nuestro país en fiestas tradicionales y carnavales, contribuyen a que aquel estereotipo de mujer cale hondo en la sociedad y se afiance. Y esta operación no es inocua, sino que trae consecuencias.

Partamos de una base: este tipo de elecciones de reinas, princesas o embajadoras –éstas últimas inventadas hace poco tiempo para reemplazar aquellas dos nomenclaturas- ponen en la pasarela a mujeres. No son hombres o disidencias los que pueden participar, sino sólo mujeres. Entonces, si como muchos afirman se entiende por bello todo aquello que procura placer estético, podemos decir que en nuestras sociedades los únicos cuerpos que pueden tener ese objetivo son los femeninos ¿Nunca te preguntaste por qué los concursos de belleza masculinos no tienen éxito?

Si comenzamos a reflexionar, la respuesta cae de maduro: porque vivimos en una sociedad patriarcal y, sobre todo, androcéntrica. Liliana Hendel, en su libro “Violencias de género” explica que en sociedades como la nuestra donde el hombre es la figura dominante, todo se preconfigura alrededor su perspectiva, visión y placer. En este sentido, que las mujeres sean el centro de la escena y su belleza el número principal responde a esta categoría. Así, ellas se convierten en objetos del deseo de aquella mirada masculina, no sólo para su diversión sino para alimentar sus deseos y fantasías.

Mariangela Giaimo, doctora en ciencias sociales y profesora de la Universidad Católica del Uruguay, expresó que “los concursos de belleza son justamente una propuesta que nace como exposición corporal de objeto y hacia la mirada masculina, por eso los certámenes se han constituido como vidrieras y promotores de categorías de belleza”. Y, aclaremos, una belleza que no es “natural” -como pretenden aquellos discursos- sino que trae de la mano dietas, gimnasia, buenos modales, “retoques” de cirugías, y trastornos en la alimentación -no es casual que el 98% de las personas que padecen anorexia sean mujeres- para poder alcanzarla.

Historia

Los concursos de belleza tienen su raíz en la Antigua Grecia, en un relato que fue la antesala de la guerra de Troya. En el casamiento de los padres de Aquiles, Peleo y la nereida Tetis, invitaron a todos los dioses menos a Eris, la diosa griega de la discordia. En venganza, Eris hizo llegar a la fiesta una manzana de oro con la inscripción “kallisti”, que significa “para la más bella”. Las asistentes empezaron a disputar la manzana, y por eso el patriarca Zeus le pidió al dios del trueno, Paris, que termine el altercado eligiendo entre Hera, Atenea y Afrodita.

Paris decidió darle la manzana a Afro, diosa del amor que le había prometido el apego de la más linda del mundo: Helena de Esparta. Ella, mujer por supuesto, fue la involuntaria causante de la famosa guerra.

Pero en la Biblia también hay antecedentes, ya que en el libro de Ester se describe lo que podríamos llamar hoy el primer certamen de belleza registrado. En efecto, cuenta el relato que el rey Ausero, desafiado por la reina Vasti, decidió convocar a un concurso para elegir a su consorte, donde Ester -huérfana y criada por su primo Mardoqueo- ganó porque lo impresionó con su belleza. Ella fue coronada y en su honor se ofreció un banquete.

Cientos de años después, aquella imagen de la coronación iba a ser retomada en el primer concurso de belleza “oficial” realizado en Nueva Jersey para elegir a la Miss América, en 1921. Por todo el mundo comenzó a replicarse este “fenómeno”, donde los requisitos para ingresar eran estrictos y dependían de la comisión organizadora, pero en su mayoría incluían medir más de 1,60m, ser blanca, con cara simétrica, ciertas medidas de cintura, una edad específica, ser soltera y no tener hijos. También, debían desfilar en trajes de baño, con traje de noche y participar del rubro “talento” donde demostraban alguna cualidad especial.

El primer “escándalo” -al que nosotros podríamos llamar acto disruptivo- dentro del concurso Miss Mundo lo protagonizó la joven de Alabama Yolande Betbeze, quien se negó a desfilar en traje de baño.

Este concurso creció tanto que comenzó a televisarse y ganar popularidad. Pero, también, a ser cuestionado, sobre todo en 1970 con la segunda ola feminista en plena cresta. Al inicio de dicha edición del concurso, el presentador y comediante Bob Hope comparó “en chiste” al concurso Miss Mundo con una selección de ganado y esto prendió la llama para que centenares de mujeres activistas por la igualdad de género realicen protestas y marchas frente al hotel donde el certamen se llevaba adelante. La película “Miss Revolución” cuenta esta historia, donde por primera vez una mujer negra fue coronada como la más bella, absolviendo la regla de que las mujeres “de color” no podían participar.

Con el correr del tiempo, algunos requisitos se volvieron más “laxos”, y aunque muchos apelan a que no sólo la belleza es tenida en cuenta sino también la inteligencia o la capacidad de comunicación de la participante, lo cierto es que las mujeres hegemónicamente bellas siguen sosteniendo sobre sus cabezas coronas de fantasía. Aunque es indudable que algunas “misses” utilizaron aquella pasarela mundial para dejar su mensaje, como sucedió durante la elección de 2021, cuando la representante de Singapur, Bernadette Belle Ong, se presentó en la pasarela con un vestido que llevaba los colores de la bandera de su país y un mensaje que llamaba a “detener el odio a los asiáticos” o la uruguaya Lola de los Santos, desfiló los colores de la comunidad LGBTIQ y un mensaje que rezaba “No más odio, violencia, rechazo, discriminación”.

Sin embargo, estos actos disruptivos no quitan la esencia de estos concursos. No es casual que el año pasado hayan destronado a la reina electa por rumores de estar embarazada.

“Embajareinas”

En Argentina ya son 74 las ciudades que eliminaron estas elecciones, pero muchas otras cambiaron su nomenclatura para poder disfrazar estos eventos, que en esencia son exactamente iguales.

Aunque hubo muchos avances, como ser la desaparición del certamen de la “Cola Reef del verano” en Mar del Plata donde las mujeres desfilaban en remera ajustada y tangas negras y el público -en su mayoría masculino- elegía a la ganadora por aplausos y chiflidos, todavía estamos alejados de una transformación social. De esto da cuenta la Fiesta Provincial del Caballo, en Chubut, donde aún tiene entre sus requisitos ser soltera y sin hijos y tener de 17 a 25 años.

La primera ciudad en prohibir los concursos de belleza en nuestro país fue Chivilcoy, Buenos Aires, en diciembre de 2014. Por decisión municipal, las autoridades alegaron que estos eventos “refuerzan la idea de que las mujeres deben ser valoradas y premiadas exclusivamente por su apariencia física, basada en estereotipos.

En el año 2017 se puso en tela de juicio público la necesidad de la realización de estos eventos a partir de un intercambio acalorado entre el grupo Ni Una Menos de Mar del Plata y organizadores y ex reinas de la Fiesta Nacional del Mar. La agrupación feminista emitió un comunicado donde expresaba “En medio de una profunda crisis política y económica, el gobierno municipal anunció la realización de la Fiesta Nacional del Mar con bombos y platillos, y con un presupuesto millonario. Mientras, siguen sin asignar recursos a la emergencia en violencia de género y se multiplican los femicidios. Eligen como representante de la ciudad a mujeres adolescentes con cuerpos que responden a estándares de belleza hegemónicos, cuando no se tienen en cuenta el conocimiento de la mujer, sus luchas, sus méritos, sus intereses. Es medieval exhibir a una mujer en una pasarela”.

A raíz de la exposición mediática, ese mismo año la municipalidad de Gualeguaychú decidió cancelar los concursos para elegir a las reinas del Turismo y de los corsos populares en una de las fiestas que más gente convoca a nivel nacional. “La iniciativa apunta a evitar la cosificación y estereotipación de la mujer, en el marco de la lucha contra la violencia de género”, dijeron los voceros comunales.

Es que resulta imprescindible comprender que la cosificación de la mujer es una especie muy sutil de violencia de género, específicamente de violencia simbólica. El movimiento feminista no apunta a implosionar las fiestas, tan tradicionales, sino a desterrar los concursos de reinas, donde se reproducen estereotipos de género. Aldana Boragnio, doctora en Sociología y becaria del Conicet, expresó que es inadmisible que sea el Estado el que sostiene estas prácticas, donde muchas veces las elecciones no son solamente de mujeres entre 18 y 25 años sino también incluyen certámenes infantiles con pequeñas entre 8 y 10 años que son sometidas a esta práctica.

Violencia de género

La Consavig -Comisión Nacional Coordinadora de Acciones para la Elaboración de Sanciones de la Violencia de Género- llevó adelante el proyecto “Ciudades sin Reinas”. Perla Prigoshin, coordinadora de dicha entidad, expresó en reiteradas oportunidades que, aunque se crea popularmente que este sea un tema menor, quienes mantienen esta creencia no comprenden el funcionamiento del patriarcado. “La violencia simbólica es en verdad la madre, el padre, de todas las violencias contra nosotras. Claramente, está en el origen de todas las violencias y por otro lado las legitima permanentemente, con lo cual hablar de prevenir la violencia contra las mujeres y no atacar o trabajar sobre las manifestaciones de violencia simbólica es en realidad, apenas, asistir lo dado”, dijo Prigoshin.

Para la coordinadora de la Consavig estos concursos “se utilizan para seleccionar un estereotipo de belleza impuesto por la cultura hegemónica, que están en función de los intereses de la industria cosmética y de la moda. Esto último implica una fuerte discriminación hacia aquellas mujeres que no poseen la estatura, silueta, color de ojos, color de piel, etc. que se consideran apropiados para ser bella”.

Por eso, desde el movimiento feminista se promulga que los parámetros de belleza son formas de opresión. Y de esto puede dar cuenta cualquier mujer que participó en un concurso de belleza y puede, posteriormente, realizar una reflexión crítica sobre lo que vivió. El Impreso del Oeste coordinó una en entrevista con una ex reina provincial de la zona -a quien reservamos en el anonimato- que recordó sus épocas como postulante en las diversas fiestas que se celebran en la región. Al respecto, afirmó que “Siempre se realizaban en verano, por lo que estábamos con poca ropa: short, remera musculosa, escotes, tacos. Ya desde la tarde estábamos maquilladas y peinadas, todo el día desde muy temprano en entrevistas, pasando por mucho estrés y ansiedad. Recuerdo que estaba comiendo sándwiches de miga mientras esperaba que comiencen las entrevistas y mi delegada me miraba y me decía que no coma, que los jurados estaban observando todo y no me iban a elegir si me veían comer. Tenías que ser delicada, femenina, sonrisa falsa todo el día”, recordó.

Prigoshin expresó, también, que “Si bien en algunas oportunidades se pretende minimizar la cuestión argumentando que además de la belleza de las participantes se tienen en cuenta su formación cultural o académica, no podemos dejar de señalar que incluso en esas situaciones se encuentran presentes conceptos y estereotipos”.

Al respecto, la entrevistada dijo a este medio que las preguntas que realizaron en las reiteradas entrevistas a las que asistió no eran muy profundas, ni dejaban entrever su formación académica, sino todo lo contrario. “En la entrevista me preguntaron por mi familia, a qué se dedicaban y cómo estaba conformada. También por qué me postulaba, si tenía un sueño, por mis gustos y actividades. Recuerdo que una pregunta obligada era si tenía novio y si estaba dispuesta a viajar o había restricciones. No había preguntas de cultura general, ni historia, nada. Ni la historia de la fiesta en cuestión. Siempre había jurado que hacían poner incómodos a las pibas, que buscaban el error. Algunos te hacían desfilar delante de ellos”, expresó.

Con respecto a la exposición ante el público, la entrevistada contó que “en la Fiesta Nacional de la Leche me pasó de tener que desfilar en malla delante de la gente. Yo no tenía complejos con mi cuerpo, pero recuerdo que fue una experiencia fea para mí y para muchas de las otras chicas que se presentaban. Me acuerdo que cuando me bajé del escenario mi papá me dijo que cuando desfilé la cámara sólo enfocaba mi culo”. Otra experiencia que recuerda fue en Sastre, en la Fiesta Provincial del Carnaval donde se postuló. “Un requisito en el carnaval era bailar con la comparsa, sí o sí con vestido corto, con lo incómodo que es dar dos vueltas acomodándose el vestido”, dijo.

Las exigencias estéticas, como estar peinadas y maquilladas de peluquería o no repetir vestuario, eran constantes. El mandato de estar bella en todo momento era difícil de mantener, según cuenta la entrevistada. “Me costaba conseguir vestido que sea ajustado y que me entrara bien, porque yo no era súper flaca. Tenía que comprar vestidos para cada fiesta o pedir prestados, nunca se podía repetir. Era mucho dinero, un gasto total porque nunca se hicieron cargo”. Además, agregó “la belleza natural no era tomada en consideración. Recuerdo viajar una vez a Carlos Casares a hacer presencia y como era verano y yo estaba blanca me fui a hacer un sol pleno, que era caro en ese momento. Fue muy feo, me manché todo el vestido blanco y se me empezó a salir esa noche, con la transpiración. Y no lo podía hablar con nadie, estaba sola y asustada”.

Y la belleza, lamentablemente, es también un terreno de competencia entre pares, una de las formas privilegiadas de dominación. Ganar significa una doble comprobación: era sos linda y que sos más linda que el resto. Y esto genera divisiones entre las chicas que compiten. Así lo expresó la entrevistada “Recuerdo que había competencia entre algunas chicas. Te miraban mal, no te contaban lo que te preguntaban en la entrevista. No me hice amigas viajando, sino conocidas. Yo no compartía nada, la mayoría quería ser modelo o seguir en los reinados y yo quería estudiar abogacía, otra cosa. Y no es competencia sana en esos ámbitos, porque después salían los rumores de por qué ganó ella y no yo, o que tal estaba acomodada y cosas así. Además, recuerdo que algunos delegados -personas que coacheaban y acompañaban a las postulantes- eran super competitivos y a las chicas las tenían re cortitas”.

Por todo ello, el discurso de la Consavig es que en muchas ocasiones el Estado es responsable de este tipo de violencia, ya que cuando las fiestas o concursos son patrocinados por municipalidades, provincias o entes nacionales se destinan fondos públicos para promover violencia contra las mujeres infrigiendo no sólo la ley integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, sino la política estatal de género, institucionalizada en el Ministerio de las Mujeres, Género y Diversidad.

Re-pensarnos

Queda de manifiesto, entonces, que en los certámenes de belleza el patriarcado impone la idea de que el cuerpo femenino está para ser analizado, juzgado y deseado por hombres -todo muy cisheteronormativo-. Se imparten criterios de belleza ligados a la cultura occidental que dejan por fuera no sólo a otras culturas, sino que ponderan la delgadez y la eterna juventud. Y, aunque muchos discursos insistan en que también se valora la inteligencia de la mujer, lo cierto es que lo primordial es su aspecto físico.

Con estos concursos se contribuye a la naturalización de algunas violencias que las mujeres y disidencias padecen a diario, como la simbólica, socializando a grandes y chicos en estereotipos que dañan. Si bien es cierto que prohibirlos no es el fin de los feminicidios, sí contribuye a repensarnos como sociedad hacia la superación de estos espectáculos nocivos para las subjetividades y que luego se materializan en una sociedad enferma e injusta, con fenómenos como la dictadura de las medidas, el boom de los esteroides y la gran tasa de denuncias por violencia de género.

“De los concursos de belleza a una violación no hay tanta diferencia”, aseguró Prigoshin.

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