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La historia de la cerveza: entre cocineras, diosas, sacerdotisas y brujas

Aunque actualmente la industria de la cerveza esté copada por hombres, lo cierto es que desde su origen y durante miles de años esta bebida fue realizada por mujeres.

Por Manu Abuela

Consumido por toda la población, el “pan líquido” como solían decirle por sus propiedades y forma de prepararse similar a aquel bollo de trigo horneado, fue un invento femenino. Y no es muy difícil de imaginar, ya que si suponemos que en las diversas culturas el mundo culinario y doméstico fue relegado al mundo femenino, la historia empieza a cobrar sentido. Así, durante miles de años se pasó de madres a hijas esta receta de agua, granos de cereal y hierbas que surgió de la necesidad de alimentarse, pero que al fermentar alegraba el alma.

Uno de los primeros registros de la presencia de esta bebida se encontró en el año 2000 antes de Cristo en territorios de Sumeria -actual Irán-. La preparación de cerveza por parte de las sumerias era un eje social central, y manejaban este arte produciendo de todo tipo: roja, negra, de trigo, entre otras.

Entre diosas y fermentos

La cerveza era tan importante en la cultura sumeria, que hasta designaron para ella una deidad -femenina, al igual que quienes la preparaban- llamada Ninkasi, responsable de “llenar la boca y saciar el corazón”. En el himno que utilizaban para alabarla, se expresa de forma explícita la receta responsable de dar ánimos a los constructores de la civilización. “(…) Ninkasi, tú eres la que maneja la masa y con tu gran pala mezclas en un pozo el bappir con dátiles y miel. Tú eres la que cocina el bappir en el gran horno, ordenando las pilas de granos pelados. Eres la que humedece la masa de malta en el suelo, la que pone en remojo la malta en una jarra, las olas se elevan, las olas caen. Eres la que extiende la masa cocida y triturada sobre grandes filtros de junco. Eres la que sostiene en ambas manos la cerveza fresca, fermentándola (…)”

Pero los sumerios no eran los únicos que tenían una diosa para la cerveza. En la mitología báltica y eslava existía una pareja de dioses conformada por Raugupatis, el dios de la fermentación, y Raugutiene, conocida como la diosa de la cerveza. Ella era la guardiana de este brebaje popular.

También los egipcios adoraban a Menqet, la diosa de la cerveza. Ellos fueron de los primeros en dominar el arte de levar el pan, así que su experimentación con los cereales también dio como resultado esta bebida, aunque no era similar a la que hoy tomamos. Mucho menos líquida, más parecida a una sopa espesa con pedazos de dátiles y restos de puré de cebada flotando, se le agregaban especias para mejorar su sabor.

En Egipto la cerveza era consumida por todas las castas sociales. Desde el Faraón hasta el esclavo la disfrutaban y las mujeres la preparaban con la inspección de la dueña o señora de la casa. Era tan importante que hasta se utilizaba para pagar los salarios -dos contenedores por día era el haber-. La exportaron a Roma, Palestina e India. Así, hacer y tomar cerveza se volvió una forma de consumir y conservar cereales ricos en nutrientes y calorías desde los inicios de la civilización.

Este elixir de las diosas servía también a la cultura vikinga para todas las ocasiones, tanto de día -la preparaban de forma más liviana y con baja graduación alcohólica- como de noche en los festejos populares y celebraciones religiosas, añadiéndole más power etílico para alegrar los corazones. En esta sociedad las mujeres también eran las encargadas de producirla, y por realizar esta tarea obtenían un lugar especial y el título de sacerdotisa, “volva” o “volur”. Estas mujeres introdujeron variaciones respecto a la receta que se había popularizado hasta el momento. Las vikingas, por cuestiones climáticas y territoriales, agregaban otros ingredientes como ser enebro, beleño, cicuta y hasta cornezuelo, un hongo alucinógeno cuya consecuencia se asimila al del LSD. Podrán imaginar los efectos psicotrópicos que acarreaba su ingesta, y no es casual que algunos alegaran que tras un sorbo podían “ver el futuro”.

Escultura de mujer egipcia preparando el mosto

La santa del lúpulo

Hasta la Edad Media la cerveza debía beberse a los pocos días de su preparación, ya que se echaba a perder con facilidad. Pero fue otra mujer quien agregó a la receta original un componente que fue clave, el lúpulo, que le aportó a la bebida dos aspectos que le son característicos, como ser el amargor y su conservación por mucho más tiempo. Estamos hablando de la abadesa Benedictina Hildegard von Bingen, una monja mística y herborista del siglo XI que combinó de forma excelente sus facetas de teóloga, botánica, escritora y maestra cervecera. No por nada la Iglesia la canonizó, considerándola la santa patrona de la cerveza.

Gracias a esta nueva característica que la bebida adoptó, durante el medioevo su ingesta creció exponencialmente y en todos lados las personas la consumían, ya sea en casas, fiestas, tabernas o ranchos. Y con este crecimiento, las mujeres se fortalecieron en su producción y fueron reconocidas con el nombre de “alewives” o “brewsters”. De esta forma, hacer cerveza se convirtió en un trabajo netamente femenino y hasta grupal, ya que requería de mucha fuerza y labor. Entre amigas, familiares y vecinas produjeron juntas y al haber excedente lo empezaron a vender.

La cerveza era tan consumida que se institucionalizaron altos estándares de calidad a los que las “alewives” no podían faltar. Por ejemplo, se encontró en un grabado de piedra inglesa la pena de “ser arrastradas al infierno por los demonios” o “ser arrojadas al agua” para aquellas que no los siguieran a pie juntillas.

Benedictina Hildegard von Bingen

De empresaria a bruja

Estas mujeres y grupos de mujeres cerveceras fueron quienes crearon la imagen popularizada de brujería. Empresarias, independientes, conocedoras y organizadas crearon todo un marketing medieval a través de su look para dar a conocer a la comunidad donde vivían que producían cerveza, con el objetivo de venderla. El total look de la bruja -estamos hablando del sombrero puntiagudo, el gato, la escoba y el caldero- son elementos indispensables para la producción y posterior transacción de cerveza.

Por ejemplo, la escoba con la que aquellos seres satánicos volaban por las noches para raptar a niños y comérselos, funcionaba nada más y nada menos que como una especie de cartel. Muchos historiadores afirman que las “brewsters” ponían palos de escoba en las fachadas y puertas de sus casas para indicar que tenían cerveza disponible a la venta, lo que nosotros llamamos hoy stock.

Los calderos burbujeantes, por su parte, no eran más que las grandes ollas donde los aquelarres se juntaban a cocinar esa preparación perfecta -mosto-, que removían durante horas antes de dejar enfriar, para luego filtrar y almacenar.

El gato, que no necesariamente debía ser negro, tenía una función central en el control de plagas. Perseguían a las ratas que se colaban por los cereales, ingredientes claves para la preparación. Imagínense que aquellas mujeres tenían sacos y sacos de lúpulo, cebada y malta, y necesitaban que estos pequeños felinos les dieran una mano con la higiene, para alcanzar esos altos estándares de producción en tiempos de la Peste Negra. Más que la reencarnación de un demonio, esa era su principal función.

El por qué del sombrero puntiagudo es más interesante y menos predecible que los elementos mencionados anteriormente. Por aquellos tiempos si una mujer llevaba un sombrero, de por sí ya era considerada una persona con clase y distinguida. Pero como estas maestras cerveceras debían vender su producción en ferias y competían con el mercado, confeccionaban los sombreros más altos para distinguirse del resto de las productoras y atraer clientela. Así, estas empresarias estaban en todo, hasta en las estrategias de venta.

Otro símbolo que ponían las mujeres cerveceras en sus casas para distinguirla y hacerle saber a los vecinos de su actividad era un talismán muy similar a la estrella de David, con seis puntas. Cada uno de sus vértices simbolizaba un componente indispensable para la buena cerveza: los granos, la malta, el lúpulo, la levadura, el agua. El sexto componente eran las manos que cocinaban, o sea, la mujer cervecera.

Mujer y cerveza eran una asociación indiscutible, como dos caras de la misma moneda. Pero la iglesia católica terminó por echarla por tierra. Primero, con la llegada de los Reyes Católicos y el antisemitismo, aquel talismán con seis puntas hacía alusión judía. Y segundo, con la Santa Inquisición y la persecución a toda mujer conocedora de plantas, ingredientes y pociones. Aquellas que cocinaban su brebaje diabólico en la oscuridad de su casa, junto a su gato, escoba y vestidas con esos sombreros, fueron perseguidas por satanizarlas. No es casual que el 75% de las personas quemadas en las hogueras -previa tortura y escarnio público- fueron mujeres, acusadas de brujería.

Lo cierto es que la iglesia no estaba feliz con que la mujer tenga el control exclusivo de una industria que iba en ascenso desde algunos siglos, y querían expulsarlas de ese rol social ya que las distraía de su “verdadero rol”: que era de la maternidad. Así, a partir del siglo XVI con la persecución de las brujas, las mujeres fueron reemplazadas por hombres en la producción de cerveza, empezando a cocinarse en monasterios y a ser tomada sólo por seres masculinos como muestra de su hombría. No es casual que en Chester -Inglaterra- prohibieran a toda mujer entre 14 y 40 años a producir cerveza, justo en el margen considerado fértil. Y en aquellos lugares donde el punitivismo no llegó, sí caló hondo la misoginia y los rumores falsos de antisalubridad, condenando a las mujeres cerveceras a ser “embriagahombres honrados”.

Mother Louse, cervecera de Oxford a principios del 1600

Recuperación

El miedo al ver a la vecina ardiendo en el fuego divino sólo por ser una mujer pujante y empresaria de su tiempo contribuyó a que las demás dejen los calderos para esconderse en la intimidad de su hogar. Tanto que desde ese momento la industria de la cerveza fue liderada por el sector masculino.

Este renacer de la cerveza artesanal, durante la última década, dejó en evidencia la falta de mujeres y disidencias en este ámbito productivo. De hecho, un estudio de Stanford publicado en 2014 lo demostró, indicando que sólo el 4% de los maestros cerveceros de su país son mujeres. Las consecuencias que trajo aparejada la quema de brujas, en el plano no sólo material sino también en el simbólico, se pueden ver hasta la actualidad.

Sin embargo, nuevos estudios indican que la reinserción de las mujeres en este ámbito se está dando, a paso lento pero firme. Las mujeres, de a poco, están recuperando una labor que milenariamente les pertenece, reivindicándose en su rol de creadoras, pioneras y también empresarias de la cerveza.

Platón osó decir que aquel que inventó la cerveza era un “hombre sabio”. Pero dejanos corregirte, querido filósofo: las sabias eran las mujeres.

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