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“Regresar a la historia me sirve en la lucha y el activismo del día a día”

Entrevista exclusiva a Silvia Federici, una de las académica feminista con más trascendencia.

Por Manu Abuela

Silvia Federici (80) es una socióloga, escritora, profesora y militante marxista y feminista ítalo-estadounidense que fue una de las precursoras en la década del setenta de la lucha por la reivindicación del trabajo doméstico realizado durante años por las mujeres y considerado en el imaginario social como un no-trabajo.

Reconocida mundialmente, es autora de siete libros, entre ellos “El patriarcado del salario” (2018), “Salario para el trabajo doméstico”(2019) o “Reencantando el mundo” (2020). Pero hay una de sus obras que es considerada una lectura obligatoria para comprender el orígen de la dominación de los hombres sobre las mujeres: “Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria” (2004).

En exclusivo, El Impreso del Oeste junto al podcast rosense “Di-Versos” conducido por Aldo Marengo, dialogaron con la teórica sobre algunos conceptos fundamentales para poder comprender el corpus de conocimiento que le regaló al mundo, entendiendo que un revisionismo histórico sobre la génesis de la misoginia, del patriarcado y del capitalismo es central para entender las batallas que el movimiento feminista dirimió y las que aún faltan.

¿Quién es Silvia Federici?

Yo soy italiana. Llegué a Estados Unidos a fines de los sesenta para estudiar en la universidad y nunca más regresé a mi país natal. He participado del movimiento feminista y muchos otros, como ser los movimientos en contra de la globalización capitalista o contra la pena de muerte. Viví unos años en África, justo cuando se estaba luchando allí contra el programa de ajuste del Fondo Monetario Internacional. Mi trabajo siempre ha sido de ser enseñante, entonces acompañé a los estudiantes en la lucha contra los cortes que el fondo pedía en materia educativa.

De regreso, en Estados Unidos continué esta lucha y, al mismo tiempo, comencé a escribir. En los últimos diez años mi trabajo de escritora fue inspirado por mis viajes a Argentina, Uruguay, Brasil y todo el trabajo que las mujeres hacen para reconstruir comunidades, para recuperar tierras, defender patrimonios comunales y construir nuevas formas de reproducción social que no nos separen e individualicen, que sean verdaderamente reconstruir nuevas formas de comunidades. Hablando de forma específica, los feminismos populares en Argentina fueron una fuente de inspiración muy grande para mis libros. He recorrido la periferia de Buenos Aires, el interior de algunos asentamientos como Villa 31, vi la labor de las mujeres en las ollas y comedores populares, sosteniendo a las infancias, y construyendo formas alternativas de organización comunales. Gran parte de mi trabajo como feminista fue luchar y analizar este terreno de la reproducción social, en todas sus formas: domésticos, del cuidado, de la naturaleza. Mi último libro, “Reencantar el mundo”, trata de eso.

¿Cómo llegás a escribir Calibán y la bruja? ¿El trabajo de Dalla Costa y James es el punto de partida para su escritura?

Si, yo trabajé durante más de 20 años en este libro y empecé a trabajar en él cuando era militante por la campaña del salario y trabajo doméstico, entendiendo la opresión de las mujeres en la sociedad capitalista. En aquel momento, la izquierda tenía una visión sobre este tipo de trabajo como pre-capitalista, que no producía plusvalía y que, directamente, no era capitalista. Pero nosotras, a partir de nuestras experiencias, de nuestras madres y abuelas, nos dimos cuenta que eso era erróneo. Porque no podíamos entender por qué el capitalismo aún obligaba a las mujeres a millones de horas de trabajo no pago, que a su vez produce la capacidad de trabajar y la fuerza de trabajo.

Ahí nos dimos cuenta de que el trabajo doméstico es un trabajo, verdaderamente, y que es parte de la producción capitalista porque produce las mercancías del mercado, es decir, los trabajadores. Entonces, cuando la mujer trabaja en el hogar, permite a los obreros presentarse cada día en su puesto productivo.

Esto cambió la concepción que había y aún hoy algunos sostienen acerca de que la mujer que es “ama de casa” se pasa todo el día en la casa cómoda, tranquila, sin hacer nada. Y creamos una estrategia para visibilizarlo como un trabajo, para que las mujeres dejen de ser dependientes de los hombres, porque al ser no pago la obliga a ser dependiente. La familia nuclear, que se celebra, es construida sobre esta jerarquía de género, esta división entre hombres y mujeres.

Entonces, cuando empezamos con la campaña hubo mucha resistencia, sobre todo de otras feministas y de la izquierda, porque decir que el trabajo del hogar es trabajo productivo en el sentido capitalista fue chocante. Ahí advertí la importancia de hacer un trabajo histórico y revisar cómo se creó esta figura de la mujer dependiente. primero comencé a estudiar la Revolución Industrial, pero me di cuenta de que tenía que ir al origen del capitalismo, y ahí me adentré en el estudio de la edad media. Indagué sobre la forma de organización de la sociedad en ese período, cuáles eran las fuerzas de trabajo y rápidamente comprendí que la sociedad capitalista que hoy conocemos no nació como un proceso revolucionario, sino como respuesta a la lucha de los campesinos sobre el poder feudal y de la Iglesia, que los avasallaba y exigía cada vez mayores impuestos y requisitos.

De esta forma, el capitalismo nace como una contrarrevolución, que tuvo que cambiarlo todo para que las clases que dominaban sigan teniendo su poder. Ese trabajo histórico me permitió comprender qué pasó y encontré un fenómeno fundamental: la caza a las brujas. Esta persecución que continuó durante tres siglos en Europa y se exportó al nuevo mundo, sobre todo en Colombia, Brasil y México y los historiadores casi que lo olvidaron, ya que nunca se enseñó en la escuela. Estudiándola, me di cuenta de que fue un momento fundamental para la entrada de la mujer al mundo capitalista. Porque a través de la acusación de las mujeres de brujas, de enemigas de Dios y de la sociedad, imputadas de matar a los niños y copular con el demonio, se creó un nuevo código y nuevas normas para definir el lugar de las mujeres en la nueva sociedad.

Así nació Caliban y la bruja: como una necesidad del trabajo militante. Y esto es una máxima que sostengo hasta el día de hoy, la de regresar a la historia. Me sirve en la lucha y el activismo del día a día, me da marco y sustento.

¿Por qué exponés en el libro que el feminismo es anticapitalista?

Primero, quiero clarificar que como hay feminismos existe desde los años setenta un feminismo neoliberal, que yo llamo “de Estado”, creado por la Organización de las Naciones Unidas y varios gobiernos que impulsaron una creencia feminista que sedujo a muchas mujeres diciendo que las mujeres pueden participar y pueden ser capitalistas también, en un momento de gran crisis capitalista y en concomitancia con el principio de una reestructuración de la economía global donde las mujeres vuelven a tener un papel central.

La superación de la crisis se hizo abriendo la puerta a millones de mujeres al mundo del trabajo, pero siendo ellas mano de obra barata, en los lugares más precarizados y mal pagos. Ahora, después de años de la presencia de la mujer en este ámbito, podemos ver que no hubo emancipación, sino al revés, fueron endeudadas.

Pero hay otro feminismo, el anticapitalista, que rechaza la idea de Naciones Unidas. Este feminismo revolucionó el concepto del cambio social, descubriendo el territorio de la reproducción social y las actividades que cada día organizan nuestras vidas. Y a partir de la lucha y valorización de esta actividad, hemos comprendido que es fundamental crear una sociedad más justa donde todos, todas y todes puedan tener acceso a lo que necesitan para vivir y decidir sobre las cosas más importantes de forma colectiva.

Para ello, necesitamos valorizar lo que significa la vida misma, poniéndola en el centro. La vida de los seres humanos y la naturaleza. Porque el capitalismo destruye y esto lo podemos evidenciar, por ejemplo, en el cambio climático. Este capitalismo que se nutre de guerras, de creación de jerarquías como la de género, de raza, del colonialismo, el imperialismo y sobre todo de crear nuevas formas de relaciones sociales que reducen los recursos y las riquezas que podemos tener para reproducir nuestra vida. Por eso, con el fin de incrementar la producción, este sistema hasta pone venenos y pesticidas en la comida que comemos.

Entonces, el feminismo es anticapitalista y revolucionario porque valoriza todo lo que da nueva vida, nueva prosperidad, nueva felicidad y nos permite eliminar las jerarquías sociales, las causas de estas divisiones, guerras y matanzas. El feminismo debe ser anticapitalista.

La caza de brujas destruyó el control que las mujeres tenían sobre su cuerpo, su reproducción y allanó el camino al surgimiento del patriarcado. Además, en tu libro exponés que sirvió al origen del capitalismo ¿Cómo fue posible?

El capitalismo cambió completamente la visión de la sociedad, la vida y la naturaleza. La sociedad capitalista tiene una nueva mirada respecto de la procreación y el cuerpo, y lo empieza a mirar como una máquina de trabajo. Se configura de esta forma una nueva política del cuerpo para potenciar su capacidad de ser explotado. Yo siempre digo que el cuerpo es la primera máquina que el capitalismo no ha inventado. En el caso específico de la mujer, cuerpo significa procreación, y el capitalismo lo mira como desde una perspectiva económica, en relación a la cantidad de hijos e hijas que son producidos e impactarán luego en la economía como mano de obra.

El principio fundamental de la nueva economía capitalista, en forma de ecuación, es: a más trabajadores, más trabajo. Por eso, la tarea de la mujer se transforma y es procrear y servir día a día con el trabajo del hogar. Este proceso de reproducción, que empieza con el parir y progresa con el trabajo del hogar, es fundamental en el trabajo capitalista. Entonces, con la caza de brujas se empieza a demonizar todo intento de las mujeres de controlar su propio cuerpo y reproducción. Es erróneo creer que en el siglo XVIII con el surgimiento de la profesionalización médica comienza el control del cuerpo de la mujer. Milenariamente ellas conocían medicinas naturales para regular su ciclo y hasta para abortar. Un ejemplo de ello son las esclavas africanas que al quedar embarazadas, ya sea producto de la violación de sus amos o por relaciones consentidas con otros esclavos, abortaban mediante su conocimiento de hierbas porque no quería reproducir esclavos. Por eso, una de las acusaciones sobre las brujas era el de matar a los niños.

Para controlar el cuerpo de las mujeres, el capitalismo tuvo que controlar también su sexualidad porque su tarea es ser sirvienta de la familia nuclear, no sólo en limpieza, comida, sino también sexualmente. Muchas veces, las acusadas de brujería eran mujeres que tenían hijos fuera del matrimonio, que procreaban sin ser casadas, entonces las acusaban de copular con el demonio. Sirvió para crear una imagen de la mujer que no tiene que tener deseo sexual: debe ser pura, casta, sin autonomía. Es una mujer que ha sido derrotada con la caza de brujas, que no debe hablar, solo debe obedecer.

¿Existe relación entre la imposición de un canon de belleza y la caza de brujas?

Indudablemente. La imagen dominante de la bruja es la imagen de una mujer vieja, con una imagen horrenda y una sonrisa demonizada. La vejez es para las mujeres una condena, un pecado. Porque la vejez significa para ella que no puede dar servicios: no es reproductora, ni sirvienta, ni madre. Entonces, en ese imaginario, se cree que la mujer vieja está consumida por la envidia y el odio.

Además, la mujer vieja es dependiente, porque no puede producir. En la sociedad feudal hubo cuidados con los ancianos por parte de toda la comunidad, pero en el capitalismo todo lo contrario. Así, y de a poco, empieza a condenar la caridad vista durante el medioevo como algo bueno -porque te daba un lugar en el cielo-, porque es contrario a la ética del trabajo. “La gente debe trabajar, no debe depender de los otros” es uno de los discursos que condensan esta idea.

Entonces, la acusación de brujería también se le hacía a las mujeres que su cara era contraria a los cánones de belleza dominantes. La belleza se convirtió en una imposición: la mujer debe ser linda porque debe darle placer a los hombres. El capitalismo expropia a los hombres en todas sus formas, pero lo compensa dándoles una sirvienta a nivel de trabajo doméstico y de servicio sexual, de complacencia. Sobre todo, es a partir del siglo XX donde la mujer debe trabajar para ser bella, además de todo lo demás. Y esto caló hondo, porque muchas de nosotras hemos padecido alguna vez el “no vernos lindas” en el espejo, querer adelgazar, hacer ejercicio. Muchas también se valorizan en la medida que son deseadas, porque nos enseñaron que nuestro valor se mesura a través de la cantidad de hombres que nos quieren. Y esta es otra forma de explotación que el capitalismo impuso sobre la mujer.

En tu libro hablás del disciplinamiento de los cuerpos ¿Podemos afirmar, entonces, la violencia de género es consecuencia de ello?

Si, y en la pandemia se dejó entrever que los hogares, que se consideran en el imaginario social como los lugares seguros, son en realidad donde más números de femicidios hubo. Las compañeras de Argentina de la organización Ni Una Menos han realizado un gran trabajo sobre las consecuencias de la deuda en las mujeres, descubriendo es más grande que el de los hombres, y que la deuda incrementa la violencia en el hogar. Es de por si violento que los cuerpos feminizados estén endeudados, pero además esta situación económica genera tensión en los hogares que se traduce en el aumento de la violencia de género.

La pandemia fue una ventana para comprender la crisis en la cual muchas mujeres viven cada día, ya que necesitan varios trabajos fuera de la casa para subsistir, y cuando regresan al hogar no hay descanso, sino que deben seguir trabajando: limpieza, alimentación, crianza, cuidados, entre otros. Es una vida presionada por el trabajo, sin capacidad de regeneración. En los últimos 15 años la esperanza de vida de las mujeres disminuyó en todo el mundo. Las enfermedades mentales tales como el estrés o la ansiedad también calaron hondo, porque vivir cada vez cuesta más energía, más trabajo, más vida. Esta es la lucha, es lo que debemos cambiar.

¿Por qué afirmás que el feminismo no busca la igualdad entre hombres y mujeres?

Las mujeres no queremos ser iguales a los hombres, porque ellos o son explotadores o son explotados. Pensemos en los hombres negros en Estados Unidos, en los campesinos, etc. Nosotras no queremos ser ni explotadoras ni explotadas. El discurso de la igualdad es una cortina de humo que ofusca los cambios reales que necesitamos hacer.

El feminismo se enfrenta al cambio de la organización de la reproducción social, que hoy es una reproducción por la muerte y por la explotación. Por eso, necesitamos reproducir vida que no sea encarcelada, que no sea explotada, que no sea empobrecida por la guerra, que no sea reprimida por ser diferente. Necesitamos construir sociedades donde recuperemos nuestra capacidad de decidir colectivamente, porque una vida individualizada es una vida derrotada. Cuando estás sola, perdés la capacidad de crear y hay que aliarnos con otros movimientos y reclamar sobre la posibilidad de decidir sobre las cuestiones importantes de la vida, sobre cómo administrar los recursos con respeto a la naturaleza, siempre pensando al futuro no de forma egoísta sino con miras al bienestar de los otros, porque la seguridad y bienestar de la comunidad es también la mía. Fuera de esto hay competencia, destrucción y muerte en vida.

Para leer el libro ingresá a Traficante de Sueños haciendo click aquí.

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