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Caminos de la escritura

Anotaciones a partir de “Inundación”, el libro de Eugenia Almeida.

Por Santiago Alassia

¿Cuaderno de apuntes? ¿Apropiación personal del alfabeto? ¿Declaración de principios sobre las palabras fundamentales? ¿Ritual de lenguaje en estado de poesía? Acaso estos tanteos podrían aproximarse a decir de qué se trata “Inundación”, el libro de Eugenia Almeida (Córdoba, 1972) publicado en 2019 por Ediciones Documenta Escénicas. Pero serían apenas eso, una aproximación, y ni siquiera rigurosa. Entonces quizás convenga dejarlos ahí, en suspenso, bajo signos de interrogación, como un modo de acercar más preguntas a un libro que, precisamente, cifra su potencia en la apertura interrogativa.

“El lenguaje secreto del que estamos hechos”: el subtítulo, más que sugerente, empieza a funcionar como mapa con el que establecer las coordenadas en las que se mueve la propuesta del libro. Tamaño desafío (el de desentrañar o, en todo caso, construir ese lenguaje secreto) es asumido página a página desde el devenir de una prosa que va fluyendo, a veces transparente, a veces de un modo más críptico, siempre poética, y que toma como destino de su acto de arrojo un trabajo de asimilación intuitivo-reflexiva en torno al lenguaje. Que, enseguida, va a dejar al descubierto su verdadero rostro: lejos de ser algo así como un simple medio a través del cual sería posible dar sentido al mundo, se trataría, más bien (cosa que saben los poetas) de algo inasible, quizás una sustancia de materia escurridiza, harto compleja, siempre omnipresente y que, más que brindar posibilidades de comunicación, no cesa de arrojar problemas.

Para un tema tan hondo, entonces, como el lenguaje y sus alcances, una estructura simple: Almeida recorre el abecedario y elige una palabra a partir de cada letra. Así, por ejemplo, algunas son la puerta de entrada para internarse en fragmentos de vida y obra de escritores célebres: la K para Franz Kafka, la W para Simone Weil, la P de “perseverancia” para una escena entrañable en el trabajo narrativo de Ray Bradbury. Otras letras, como teclas, sirven para detonar recuerdos, viajes, caras, sueños, traumas. Cosas que se van enganchando en el anzuelo de una mirada alerta, tocada por el estado de imantación propio de la escritura. De este modo la autora va tramando un sendero donde cada letra comporta la posibilidad de introducir una palabra que funciona como marca a la vez que desvío, breve rodeo para seguir andando ese camino: el del ensayo en torno a la escritura a partir de entradas particulares ordenadas alfabéticamente. Más que un campo semántico alrededor de la escritura, el libro pareciera ir adquiriendo la forma de una onda expansiva a partir de ese íntimo estallido que supone, siempre, el descubrimiento del modo personal en que se asienta el oficio de escribir. Oficio que se nutre de tantos otros, entre ellos: viajar, hacer silencio, recordar, mirar, leer, soñar despierto y dormido, el mismo diario vivir. Y entonces se va articulando la sospecha de que acaso un escritor es alguien que puede no lisa y llanamente acumular oficios sino entrenarse, con paciencia, en la pregunta sobre la selección de los materiales: ¿qué puede ser traducible a la escritura, y cuándo, y cómo?

Escribir: el deseo tiene fe

“En el principio fue la palabra”, poetizan ciertas sagradas escrituras. Ésta, la de “Inundación”, más profana, intenta ir a lo hondo y mostrar especificidades. ¿De qué asuntos de lenguaje se trata en el principio del oficio de escritor? Aquí se unen, de manera reveladora, la fe y el deseo. “Escribir es un acto de fe”, se lee al comienzo del libro y, casi enseguida, “comenzar a escribir tiene que ver con el deseo.” ¿Es que acaso el deseo tiene fe de encontrar finalmente a su objeto? ¿Cuál sería ese objeto de deseo en la escritura: el otro en tanto lector, la cosa a nombrar, la palabra final? ¿Y dónde podría encontrarlo sino en el lenguaje? El problema es que la posibilidad de encuentro que da el lenguaje no parece ser más que ilusoria, o muy fugaz, como un refucilo. No es, el lenguaje, una ventana transparente por medio de la cual uno pueda asomarse y nombrar las cosas, comunicarse con el mundo y con los otros; en todo caso, el vidrio está sucio y astillado, y no se ve muy bien qué hay del otro lado. Por eso es que esa fe se destruye mil veces, y aunque mil veces vuelva a levantarse, a fin de cuentas debemos reconocer que “tampoco sabemos qué hay en las palabras del otro”. Y entonces, la pregunta que cae como una daga: “¿en qué soledad nos deja esa fe?”

Una red (no tan) irrompible

Más que transparencia, la imagen que se va armando del lenguaje sería la de una red apretada e irrompible que, a la vez que nos sostiene, nos atrapa. Aunque, bueno, no tan irrompible, y no todos tan cálidamente adentro: “quien pierde la sintaxis es catalogado como loco. Entonces, cuidado, me digo. No perder la sintaxis que atraviesa el mundo. Café. Ducha. Trabajo. Noticias. Lectura. No perder la sintaxis. El pasaporte para que nos dejen en paz.” Allí aparece otra de las ideas poderosas de “Inundación”: la intuición de que todas las cosas están ordenadas por una sintaxis, una ley de lenguaje. Nada hay que sea pre-simbólico, nada hay fuera del lenguaje. ¿Así que en tanto sujetos racionales nos creemos todopoderosos, capaces de usar la palabra como una simple herramienta para nombrar, dar sentido, ubicarnos en el mundo? Eugenia Almeida tuerce esta creencia y la pone patas arriba, revelando una intuición desgarradora: no somos más que efectos de lenguaje, no deci(di)mos nada, ni siquiera hablamos: somos hablados. Porque “en realidad, la especie humana es una de las funciones del lenguaje”. Quienes todavía crean en un más allá, pueden quedarse tranquilos: Dios no ha muerto; Dios es el Lenguaje. ¿O acaso no creó al mundo a través de la palabra? Almeida redobla el juego con otra pregunta: “¿qué hubiera sido capaz de crear si hubiera permanecido en silencio?”

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